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Siguiendo la lectura de la carta de Pablo a los Romanos, este domingo iniciamos un nuevo tramo de la carta que va de 12,1 a 15,13. Los ocho primeros capítulos de la carta son una elaborada exposición doctrinal; en los capítulos 9 -11, Pablo muestra cómo Dios lleva a cabo su proyecto salvador tanto para los judíos como para los gentiles. Hoy entramos en la última parte que es la más exhortativa a diferencia del resto de la carta más dogmática. Leemos hoy los dos primeros versículos del c. 12 (Rm 12,1-2). En esta parte encontramos recomendaciones para poder llevar, tanto a nivel personal como comunitario, una vida cristiana que sea una respuesta adecuada a todo lo expuesto en el resto de la carta.

Nuestro texto comienza diciendo: "Por la misericordia que Dios nos tiene os exhorto". Pablo ha hablado en 11,30-31 de la misericordia de Dios, ahora, conectando con lo que ha dicho anteriormente, invoca esta misericordia porque cree que es ella la que da autoridad y fuerza a su exhortación. Todo el comportamiento cristiano, del que irá hablando Pablo en los capítulos que siguen, no es otra cosa que la respuesta a la misericordia de Dios que hay que entender como amor generoso y entrañable. La autoridad de Dios que faculta al apóstol para exhortar se fundamenta en la misericordia de Dios. Esta marca el estilo que debe tener la autoridad en las comunidades cristianas donde se combinan el carácter absoluto e indiscutible de la exhortación con la calidez amorosa que ésta debe tener a fin de inspirar una total confianza.

"Ofreced vuestros cuerpos como una víctima". Vosotros mismos traduce los términos griegos: "ta somata umon", vuestros cuerpos. Pablo piensa que la persona humana siempre está inseparablemente unida a un cuerpo, por ello, al hablar de la resurrección afirma que el cuerpo corruptible pasa a ser un cuerpo incorruptible (1 Co 15,42), de una manera u otra siempre hay cuerpo.  Cuando habla, pues, de vuestros cuerpos se refiere a toda la persona. La traducción "vosotros mismos" ahorra tener que hacer esta interpretación.

Cuando se habla de ofrecimiento de víctimas, los judíos pensaban inmediatamente en los sacrificios de animales que se hacían en el templo de Jerusalén. Los Romanos, provenientes del paganismo, conocían sobradamente la suntuosidad de los sacrificios que se hacían en los magníficos templos de la ciudad. Sacrificio significa hacer sagrado, es decir, algo que pertenece al orden profano, al ámbito de la vida de cada día, se destruye a fin de que no pueda ser utilizado en el ámbito cotidiano y pase a entrar en el ámbito de Dios, se convierte en propiedad de la divinidad. El cristiano que se ha ofrecido como víctima pasa a ser propiedad de Dios. Este sentido de propiedad Pablo lo expresa cuando dice: "Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí" (Gl 2,20) y también: "Todos vosotros por la fe sois hijos de Dios en Jesucristo" (Gl 3,26).

Los sacrificios judíos como los paganos que ofrecían víctimas animales, primicias de las cosechas o cualquier otra clase de dones quedan invalidados ante un Dios que no se complace con esta clase de dones, sino que lo que quiere es la entrega generosa de la persona. En tanto que la muerte de Jesús es la entrega de su persona al Padre, esta muerte puede ser entendida como sacrificio que invalida cualquier otro.

Para el cristiano que ha ofrecido su vida a Dios y ha pasado a ser de su propiedad, es normal que deje de amoldarse al mundo presente. Los cristianos de Roma, capital del imperio, tenían muchísimas oportunidades de amoldarse al mundo: diversiones, riqueza, comodidades. No amoldarse al mundo requiere un cambio existencial que Pablo ya ha expuesto en el capítulo 6 al hablar del bautismo. Este actúa en la vida de la persona anulando lo viejo y haciendo nacer algo radicalmente nuevo. Esta transformación debe permitir al cristiano discernir en cada situación de la vida lo que es agradable a Dios.

Domingo 22 durante el año. 30 de Agosto de 2020.