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El imperativo insistente de Jesús en el Evangelio a no tener miedo, cobra fuerza y sentido en la difícil situación política y social que estamos viviendo.

Se ha llegado al límite en el no-diálogo y se han dinamitado poco a poco todos los puentes de entendimiento. Ha ido ganando terreno la prepotencia y se ha ignorado «olímpicamente» a un pueblo que legítimamente quiere decir quién es, qué quiere ser y cómo quiere vivir.

La respuesta, claveles en mano, alegría callejera, fiesta de familia en la calle, y justa reivindicación sin violencia, pero con la firmeza que da la dignidad de ser personas libres y con derechos, ha sido la propia de un país maduro y de un pueblo que no va en contra de nadie y que solo reivindica ser escuchado y poder decidir.

En medio de todo esto ha sido necesario definirse, porque algunos han exigido y exigen tomar partido abierta y frontalmente. Son tiempos de definición, de opciones firmes y de libertad, pero no deberían ser nunca tiempos de confrontación violenta ni de vulneración de los derechos humanos, del derecho a la libertad de conciencia, de pensamiento, de expresión y de manifestación.

«¡No tengo miedo, pero estoy espantada!», me decía una madre de familia, mientras que una abuelita de 92 años me recordaba: «Yo estoy tranquila: Jesús dijo que no tengamos miedo a los que pueden matar el cuerpo, pero no el espíritu.»

Somos ciudadanos libres y vivimos en democracia, pero la democracia está, visto lo visto, en pañales y muy inmadura, y la libertad es temida y lo mejor es maniatarla.

No tengáis miedo. No tengamos miedo. Son horas difíciles, pero sin duda puede ser el momento de vivir con esperanza, sembrando la paz, reconstruyendo, y nunca nunca, cediendo ni a la prepotencia, ni a la vulneración de los derechos humanos.

Que la Paz del resucitado esté en nuestros corazones y que allá donde vayamos seamos «instrumentos de su paz».