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Sabíamos que Setién estaba mal, que su estado físico había decaído mucho los últimos meses, por no decir años. Sin ser uno de sus más cercanos, sin embargo, he compartido muchas cosas con él. La última vez, públicamente, en una Mesa Redonda, en el Koldo Mitxelena, junto a Garbiñe Biurrun, hará cosa de tres o cuatro años. Ya estaba tocado.

Encuentro entre mis notas las que utilicé en Herri Irratia el 30 de octubre de 2005. La víspera se habían presentado, de la mano de José Antonio Pagola, en la Diputación de Gipuzkoa los tomos 2º y 3º de las Obras Completas de Setién. Su sucesor como Obispo de Donostia, Juan Marí Uriarte, en la presentación de los libros, vino a pedir que algún estudioso se zambullera en esas páginas para hacer una tesis doctoral con el pensamiento de Setién. Pero no una sino muchas tesis cabe hacer, no solamente por la diversidad de temas que aborda, sino porque aun limitándose a la cuestión de la pacificación de Euskadi, la riqueza de su pensamiento es enorme. Creo que es una labor necesaria para limpiar de tanta zafiedad, tanta calumnia y tanta incomprensión como ha caído sobre la figura de Setién. En tres mil páginas siempre encontraremos elementos de crítica, así como en una vida comprometida, día a día, y a la luz pública. Hay documentos de Setién de los años 50, en los volúmenes publicados. Ha sido Obispo de San Sebastián más de 27 años de los que 21 como Titular. Y ¿qué años?, desde 1972 hasta el año 2.000. No lo habrá hecho todo bien, pero, personalmente, más allá de su siempre ponderada inteligencia, me impactó su enorme bondad, incluso cuando era objeto de crítica.

Hoy no tengo el ánimo para escribir, volver a escribir, sobre la figura y la persona de José María Setién, denostado por tantos, defendido por tan pocos. Hoy quiero decir simplemente que Setién condenó mil y una vez a ETA, quienes se lo devolvieron con insultos y amenazas, lo que no le impidió condenar los malos tratos y torturas que padecieron algunos de sus miembros. Sufrió incomprensión, pero incluso entonces, respetaba sin resentimiento al contradictor intelectual. Lo viví personalmente cuando, en más de una ocasión, le manifesté mi desacuerdo con alguna de sus posiciones. Aprendí mucho de él, entre otras cosas, que nunca hay que contestar, ni a los insultos ni a los anónimos. Pero me quedo con su incesante búsqueda intelectual de la verdad. Setién era implacable en el razonamiento intelectual y no se casaba con nada (ni con nadie) con lo que no estuviera de acuerdo. Pero, y me repito con gusto, me quedo aún más con su bondad que su gran timidez impedía que asomara demasiadas veces.

Aquel viernes 29 octubre de 2005, y vuelvo a mis notas de entonces, un emocionado Setién nos invitó a leer su obra desde la perspectiva de su incesante búsqueda de la pacificación en Euskadi. Vino a decir, lo digo con mis palabras, que más allá de su condición de obispo, más allá de su condición de sacerdote, era su condición de hombre de este pueblo lo que le llevaba a no quedarse indiferente ante la falta de paz en Euskal Herria, ante el sufrimiento de tantos conciudadanos suyos. Dentro de un planteamiento siempre nítidamente religioso, desde sus primeros trabajos como profesor tuvo bien claro que la religión no solamente es cuestión privada, cuestión de sacristías. Y básicamente por eso, siendo Obispo, fue tan criticado y denostado.

Eskerrik asko Setien jauna

Donostia San Sebastián, 10 de julio de 2018