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(Ignacio Peyra) 

Cuando, en nuestros días, distintas personalidades son cuestionadas –por ejemplo, en la prensa escrita– sobre la naturaleza de sus convicciones últimas, son frecuentes las apelaciones a un resto de creencias cristianas –más concretamente, a los valores éticos del cristianismo: justicia, misericordia, fraternidad... a menudo concentrados en torno a un denominado «estilo de vida de Jesús»–, de las cuales se suele omitir el fundamento metafísico o propiamente religioso. Dicha renuncia tiene como presupuesto implícito la idea de una cierta autonomía, consistencia y bondad intrínsecas del orden humano; gracias a las mismas, los estragos que la modernidad, con su racionalismo positivista y su voluntarismo moral, pudiera causar en los pilares de la fe tradicional, no serían obstáculo para el encuentro de un ámbito de valores común, un terreno compartido de afirmación humanista donde las actitudes y principios derivados de la antigua creencia cristiana encontrarían una justificación –basada en su propia ejemplaridad, o en la experiencia– independiente de cualquier consideración sobre la situación religiosa del depositario de dichos valores. A este respecto, no sería quizá descabellado resumir la evolución del pensamiento de Dostoievski (1821-1881) del modo siguiente: los «valores» cristianos, que pudo afirmar en sus primeros años en un contexto de entusiasmo romántico, resultan ser, sin Cristo, una falsedad; el humanitarismo defendido en su juventud, la pretensión genuinamente moderna de alcanzar el reino de Dios sobre la tierra, no es, sin la actuación concreta y efectiva de Dios en la realización de dicha plenitud, más que una mentira hipócrita; y es una mentira doblemente perniciosa, en tanto ignora su propia ingenuidad, y por lo mismo renuncia a poner freno al egoísmo, al orgullo, a la voluntad titánica y demoníaca de poder que se esconde en la humanidad caída. (Llegir més)