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A todos nos cogió por sorpresa la renuncia de Benedicto XVI. Una decisión sin duda orada, meditada y madurada durante mucho tiempo. Un gesto de coherencia interior, de honradez y de una gran lucidez.
 
Sin embargo, más allá de la primera sorpresa, es verdad que el Papa ya había “avisado” que eso podía ocurrir cuando en el año 2010 escribió en el libro-entrevista “Luz del mundo” que si le faltaban las fuerzas físicas, psicológicas y espirituales, podía retirarse.
 
La mitificación de que el Papa tiene que aguantar hasta el final, como de la frase “que Jesús no se bajó de la cruz” para justificar que el Papa ha de acabar sus días en la cátedra de Pedro, consiguió desvanecerse entre aquellos que no pocas veces se olvidan que el Papa es un hombre como cualquier otro, y que sus fuerzas, como la de todos los mortales, tienen un límite.
 
Sin duda el Espíritu obra en él de forma innegable y lo hace, no para complacer a los defensores de que sólo es válido “lo que siempre se hizo” y del inmovilismo a ultranza, sino para garantizar que el proyecto del Dios de la vida se cumpla en la humanidad. La fuerza del Espíritu es la que le sostiene en esta valiente decisión de haberse sabido retirar a tiempo.
 
Y tras el anuncio de su renuncia, sus mensajes son un legado espiritual, un aviso para navegantes que conviene ilumine a los Cardenales que se reunirán en cónclave y a todos los fieles. El Papa habla de humildad, de servicio, de dar la vida, de renunciar a las apariencias y de buscar la verdad. Todo un programa de vida para quien vaya a sucederle en la sede.
 
Y mientras tanto, y después, vivir todos el Evangelio, que al fin y al cabo eso es lo único importante, más allá de las estructuras y ministerios personales; auscultar con fidelidad en el corazón de Dios, ser fieles a lo que Él nos pide sabiendo que es más importante obedecer a Dios que a los hombres.
 
Que el Espíritu que hace nuevas todas las cosas, con su loca creatividad, siga soplando con fuerza, abra definitivamente las ventanas de la Iglesia y de las comunidades para que el viento impetuoso de Pentecostés arrase con todas las añadiduras y el Reino de Dios despunte con nueva vitalidad en nuestra historia.