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La carta a los Filipenses, tal como la conservamos ahora, es una recopilación de varias cartas que Pablo escribió a la comunidad de Filipos durante su estaba en prisión de Éfeso del año 53. De ella, este domingo leemos un fragmento (Fl 2,1-11) que contiene el conocido himno que leemos en la segunda lectura del domingo de Ramos. Hoy podemos leer los versículos que explican porque Pablo lo escogió y lo introdujo en esta carta.

A pesar de la comunidad de Filipos había dado pruebas suficientes de su entrega al Evangelio (1,3-11), surgieron, sin embargo, en la comunidad discusiones y discordias. La desavenencia, la rivalidad y la arrogancia entre sus miembros hicieron que lo que debía ser un resplandor como estrellas en el mundo (2,15) se convirtiera en un comportamiento indigno del evangelio de Cristo (1,27). Entre los consejos de Pablo dados para afrontar el problema sobresale la recomendación a la humildad. Los sabios, los fuertes y los ricos de la comunidad deben renunciar a sus aires de superioridad y tener los mismos pensamientos que Jesús Mesías. Pablo insta a los seguidores de Jesús a practicar la humildad y pone como ejemplo Jesucristo, persona que sabe renunciar a sus prerrogativas. Los orgullosos debe tener la misma forma de pensar que el Mesías que renunció a los derechos de presentarse como un ser superior.

En el himno se pueden reconocer tres estrofas: 1ª) versículos 6-7b; 2ª) versículos 7c-8; 3ª) versículos 9-11. Las dos primeras estrofas están dedicadas a la autohumiliación del Mesías; la segunda parte del himno (tercera estrofa) muestra la exaltación de Jesús como Señor y soberano mesiánico. Las dos partes del himno se caracterizan por el contraste entre esclavo y Señor. A nadie en el mundo grecorromano se le ocurriría aclamar un esclavo como Señor. Había muchos tipos de esclavos en la Roma del tiempo en que se escribe Filipenses; algunos vivían holgadamente, pero un esclavo que acaba muriendo en una cruz pertenecía al escalafón más bajo de los esclavos. Con ello se ilustra el grado y la intensidad de la humillación de Jesús que no podía ir más abajo. El himno sale al paso para afrontar la necedad que podía representar que un grupo aclamara como Señor un personaje que había muerto en una cruz, forma de muerte destinada a las personas más indeseables.

La humillación de Jesús tiene puntos de contacto con la situación que sufre el sirviente del Señor (Is 52,13-53,12) . Así como Dios reivindica y ensalza el sirviente, Jesús, después de autohumiliarse también es exaltado por Dios que le da la categoría de soberano universal. Pablo entiende que lo mismo que Dios ha hecho con el sirviente y con el Mesías lo hará también con sus elegidos. La fraternidad de la comunidad, obtenida gracias a la imitación de Jesús, debe ser uno de los rasgos fundamentales que configuren la identidad de los seguidores de Jesús.

"Él que era de condición divina". Esta afirmación ha hecho correr ríos de tinta a fin de discernir la naturaleza de Jesús que se humilla; se trata de un ser divino preexistente o bien el Mesías es ciertamente un ser humano y divino pero no preexistente. Dicho de otro modo: la divinidad de Jesús es desde siempre o la adquiere un momento determinado. A Pablo, buen conocedor de judaísmo y del pensamiento apocalíptico, no le debe resultar extraña la existencia de una figura mesiánica que comparte humanidad y divinidad. La especulación sobre la preexistencia, encarnación y divinización de Jesús la hará la teología dogmática posterior. El texto se limita a hablar de dos formas de existir en Jesús: una forma de esclavo y una forma de Dios. Es un mismo ser que se manifiesta en dos formas de existir. Lo sorprendente del caso es que la forma de existir como Dios permitiría a Jesús vivir una existencia regalada al estilo de los héroes, soberanos y emperadores, pero no lo hace. Se vacía de todas las prerrogativas que por derecho le corresponderían por su forma de existir divina y renuncia a un tipo de mesianismo triunfante. Esta renuncia es lo que interesa a Pablo y la pide a los Filipenses a fin de lograr una comunidad unida y hermanada.

Domingo 26 durante el año. 27 de Septiembre de 2020