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1. Vaciar el contenido de la botella

Se acerca la celebración de las fiestas de Navidad. A menudo tenemos la impresión que conservamos el frasco, pero que hemos perdido el perfume. Las luces, los pesebres, los anuncios publicitarios, los WhatsApp, los regalos, las vacaciones continúan vigentes. Parece que nada haya cambiado. Sin embargo, el perfume se ha evaporado. El sentido de la fiesta está rodeado de una niebla que no permite descubrirlo. Se ha vaciado el contenido de la botella y no hemos sido conscientes. Existen demasiados intereses para mantenerla intacta. Objetivos comerciales y ganancias económicas evidencia un capitalismo sutil, que se camufla a través de escenografías artísticas. Brindamos con cava y en dos sorbos experimentamos el vacío de la copa. Algunos hablan mal de la Navidad movidos por un espíritu combativo. Otros, sufren al ver una silla vacía en las comidas familiares a causa de una muerte o una separación. Hay tantos deseos de felicidad que resulta fácil sentir profundamente las carencias. El laicismo más estratégico no quiere romper la botella sino vaciarla de su contenido. Los carteles luminosos no presentan ninguna referencia religiosa. No es suficiente con unas figuras geométricas. Las músicas navideñas son cada vez más desconocidas. Se prefieren músicas agradables sin ninguna otra finalidad. Si los cristianos perdemos el contenido, la botella se convierte en una maniobra de distracción. Mantenemos la fiesta y hemos perdido el acontecimiento.

 

2. Bucear en la primera Navidad con mirada ingenua

Josep M. Esquirol, ante el hundimiento, reivindica la autenticidad: “La mirada ingenua quiere ir a la base, es volver a comenzar. Volver a mirar la base como si fuera el primer día porque, de hecho, es el primer día”. A lo largo de los siglos, hemos acumulado tantas cosas en la celebración de la Navidad, que desconocemos su origen y sentido. Si queremos volver a comenzar, deberá pasar, según él, por al experiencia del desierto, de la intemperie. Es el camino para reencontrar la vida, que late. La primera Navidad es otra cosa. Una pareja joven tiene que ir a hacer el censo para preinscripciones políticas. L a mujer está embarazada. Debe recorrer una larga distancia. Se cumplen los días y no encuentra lugar en el hostal. Tiene que dar a luz en el campo de los pastores, en condiciones precarias. Jesús, el Hijo de Dios, hecho hombre, se hace presente al mundo en la marginación y la periferia. La profunda alegría de su nacimiento no anula los peligros, la persecución, el exilio… José recibirá indicaciones en sueños para que emigre a Egipto con su familia, ya que Herodes quiere matar a su hijo. El proyecto de Dios en sus vidas les lleva por lugares insospechados. La primera Navidad no resulta una experiencia edulcorada.

 

3. La vida nace en las periferias

La cuna de Jesús en Belén, años después, se convierte en la tumba del Gólgota. Nacimiento y muerte fuera del centro, fuera de las instancias del poder, porque el poder a menudo es la negación de Dios. Las relaciones en el banquete del Reino obedecen a motivos de gratuidad: “Después dijo al que lo había invitado: «Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos.” (Lc 14, 12-13). Qué difícil es sustraerse a las dinámicas del interés, de la compraventa, del circuito de las influencias… Jesús es acogido por los pastores de la región, personas socialmente insignificantes, y para los que leen el lenguaje de las estrellas, que buscan el conocimiento y la luz. El Concilio Vaticano II, el acontecimiento reciente más importante para la Iglesia en muchos años, fue anunciado por el Papa Juan XXIII fuera de la muralla de la ciudad, en la basílica del San Pablo extramuros. El primer viaje del papa Francisco fue a Lampedusa: “La cultura del bienestar, que nos lleva a pensar en nosotros mismos, nos hace insensibles a los gritos de los otros, nos hace vivir en burbujas de jabón, que son bonitas, pero que no son nada, son la ilusión de lo que es fútil, de lo que es provisional, que lleva a la indiferencia hacia los demás, o mejor, lleva a la globalización de la indiferencia”. El llanto de Raquel cuando mataron a los inocentes en tiempo de Jesús hoy en día se repite por las madres que lloran por la muerte de sus hijos ahogados en pateras.

 

4. Los descartados, los olvidados, los marginados, los desvalidos, los explotados, los pobres, los miserables…

Este era el entorno humano de Jesús la primera Navidad y también en su muerte entre dos condenados. No había lugar para ellos en el hostal. No se puede extraer a Jesús de este grupo. Rechazar a los marginados implica rechazarlo a él. Así lo recoge la narración del juicio universal: “porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber; estaba de paso, y no me alojaron; desnudo, y no me vistieron; enfermo y preso, y no me visitaron”. (Mt 25, 42-43). La respuesta a nuestra rareza es clara: “Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo”. Hoy debemos conocer la aporofobia. Se habla de muchas fobias, pero se olvida el rechazo a los pobres con una práctica de nuestra sociedad, que recibe el nombre de aoporofobia. No existe una consciencia generalizada de esta fobia, que tiene raíz cerebral y social. La persona pobre es vista como alguien que molesta, que hiere la sensibilidad, que avergüenza, que resulta marginada, que va sucia y maloliente, que provoca nuestra sensibilidad cuando pide por la calle… Las políticas macroeconómicas olvidan a las personas concretas. El Papa afirma: “No puede ser que no sea noticia la muerte por frío de un anciano en situación de calle y que sí lo sea la caía de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión”.

 

5. Inmersos en la cultura del rechazo

La expresión “cultura del rechazo” indica la importancia que se da hoy en día a las personas que no cuentan, que no producen unas ganancias, desde los no nacidos hasta los ancianos, desde lo pobres a los marginados. Buñuel dirigió en el año 1950 la película galardonada “Los olvidados”. Se encuentra un cadáver en la basura, como cualquier desecho. El pez que se muerde la cola: el olvido de Dios conduce al olvido de las personas. Y al revés. Una celebración consumista de la Navidad enaltece la figura del niño de yeso y de talla artística, pero se olvida de los niños y las niñas de carne y hueso. El simbolismo queda vacío, como el frasco que ha perdido su perfume. El compromiso a favor de los pobres y de los marginados es ineludible para quien ha comprendido la dinámica del amor. No serán pocas las dificultades, porque la cultura predominante nos anestesia frente una globalización de la indiferencia. El otro deja de ser un ser que merece atención, afecto y respeto para convertirse en un objeto prescindible si no sirve a los intereses propios. Montañas de rechazo, de desechos, de basura.

 

6. Una constelación de estrellas en la oscuridad de la noche

Cuanto más oscura sea la noche más claras se ven las estrellas. Una mirada paciente, escrutadora, hace que nos demos cuenta que las estrellas forman constelaciones, porque están relacionadas entre sí. La venida de Dios a la tierra en la persona de Jesús nos muestra los lazos de fraternidad que nos unen a todos, sin ningún tipo de excepción. Celebrar la fiesta de la Navidad no implica cerrarse en una burbuja, sino entender estos vínculos misteriosos que hacen de cualquier persona un hermano/a.

 

7. vivencia evangélica de la Navidad

La encarnación, que se hace visible en el nacimiento de Jesús, tiene un efecto transformador: “el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido” (Lc 19,10). La historia de Zaqueo nos ilustra sobre la esencia navideña: a) acoge a Jesús con alegría en su hogar; b) se convierte de su vida llena de corrupción económica, y c) establece una relación personal con los pobres. Dos frases evidencian este proceso. Zaqueo dice: “Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces más». Y Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa»”. Aquél día Dios Jesús nació en el corazón de Zaqueo. Aquél día fue Navidad. Zaqueo vive un acontecimiento que trastoca su proyecto existencial: el encuentro con Jesús. La Navidad litúrgica es el 25 de diciembre. En esta fecha hacemos memoria del significado del nacimiento de Jesús. La Navidad personal puede ser cualquier día del año. No tiene fecha fija. Sólo necesita un encuentro con Jesús que nos lleve alegría, conversión y amor a los pobres, a los descartados… como Zaqueo.

La Navidad es una magnífica oportunidad para sintonizar con estas propuestas del Evangelio. Acoger a Jesús con alegría en nuestro hogar y en la gruta de nuestro corazón, donde podemos intimar en el silencio y la escucha. La oración y la meditación pueden ayudarnos mucho a conseguir esta visión interior, desde la que podemos gozar de nuevas claves de lectura e interpretación. Desde la interioridad, se puede encontrar el sentido de lo que se vive y se celebra. Un sentido que nos situará fuera de la órbita de nuestro ombligo para abrirnos a las realidades sociales que nos rodean y para prestar atención particular a los descartados de nuestro entorno. ¡Qué drama si llama a nuestro corazón y no tenemos lugar para acogerle! ¡Qué alegría si le abrimos las puertas de par en par! No entrará solo. Le acompañaran los descartados y los pobres. Habremos comprendido la esencia del Evangelio.