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Fa uns dies, a El País, el sociòleg Salvador Giner comentava el llibre La revolución europea. Cómo el islam ha cambiado el viejo continente, de Christopher Caldwell, editat per Debate (Barcelona 2010). Aquest any que l’Islam començarà el proper 11 d’agost, potser val la pena fer un repàs a aquest llibre.

Mentre tant, l’article de Giner defensa l’exquisita imparcialitat d el’autor. I hi diu: “Entre el buenismo multiculturalista y bobalicón y la xenofobia más despreciable hay una tercera vía, que no es equidistante, sino esencialmente distinta de esos dos polos execrables, parece decirnos Caldwell. Esa actitud tan sensata sería la que habría que fomentar, porque conduce a una ciudadanía activa que no se deja arrastrar por posiciones que, en el fondo, son totalitarias. Así, la "guerra al racismo" o el antirracismo invocan principios muy nobles cuando, en la realidad palpable, suelen ocultar extrañas intolerancias y perversas alianzas. En nuestro país, por ejemplo, muchos se rasgan las vestiduras afirmando que no son antisemitas, pero se alían o apoyan al hampa que quiere acabar con Israel por la vía del terror y el fanatismo.”

Encara que no ho té fàcil. Referint-se als recents episodis de falta d’encaix d’alguns costums lligats a la presència de l’Islam (cultural, sobretot) a casa nostra, Giner recorda que “La respuesta europea ante el problema de la falta de encaje entre las costumbres públicas de los musulmanes y la constitución política de nuestros pueblos suele ser la de esperar y fomentar la completa asimilación de los inmigrados así como la de sus descendientes asentados entre nosotros. Caldwell tiene sus dudas sobre esa posibilidad, cuya realización acariciamos la inmensa mayoría de los europeos”.