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Los discípulos están reunidos. Las puertas cerradas les protegen del miedo (Jn 20,19-23). La historia que acaban de vivir en la pasión y muerte de Jesús no les hace augurar nada agradable. Acaso ellos están en la lista y son los siguientes en sufrir juicio y condena. La sospecha de una persecución les mantiene unidos. Ninguna historia de grandeza se construye a partir del miedo. La aparición de Jesús produce la transformación.
 
El temor, como aglutinante del grupo, es sustituido por la persona de Jesús, que se coloca en el centro. Antes, desactiva los mecanismos defensivos al entrar en el recinto sin que las puertas cerradas se lo impidan. Su mensaje proporciona paz. No se trata de un fantasma, sino de un ser de carne y hueso. Para identificarse, les muestra las manos y el costado, es decir, las heridas de la cruz. Las llagas son su carta de presentación. No recurre a sus milagros, a sus momentos de popularidad, a los ecos de su entrada triunfal en la ciudad, a los argumentos de sus debates con los fariseos… Jesús utiliza el lenguaje de las cicatrices. En cada una de ellas, hay vida, historia, sufrimiento, generosidad, coraje. No se rinde ante las dificultades, que afronta con valentía y fidelidad a los planes de Dios. Anuncia la Buena Noticia. Cambia en alegría la actitud apocada de sus discípulos.
 
Jesús no regresa solo para consolarlos ni para darles tranquilidad. Genera en ellos un proceso de transformación, que exigirá atrevimiento, riesgo, audacia. Pese a su cerrazón, penetra en su vida. Convierte el miedo en alegría, la ausencia en visión, la defensa en apertura, el temor en paz. Jesús no desea que sus discípulos se encierren en sí mismos. Su propuesta rompe todos los esquemas: «Como el Padre me ha enviado a mí, yo os envío a vosotros.» Hay que salir. Basta de refugiarse en escondites. El objetivo es realizar el programa de Jesús en el mundo con la fuerza del Espíritu sin más armas que las propias heridas y debilidades. Los discípulos entienden que el anuncio no se basa en la superioridad de sus vidas, sino en la humildad de quien cumple un encargo que le sobrepasa. No tienen que esconder sus cicatrices, porque no se anuncian a sí mismos. De este modo, las convierten en garantía de la validez de lo que proclaman. Ahí reside la paradoja. En la debilidad se muestra la fuerza. El testimonio de la vida, especialmente a través de sus sombras y heridas, resulta convincente. Más allá de los errores y desaciertos, existe el perdón. Jesús lo llama el perdón de los pecados, que afecta a lo más profundo de la conciencia. La vida se puede reconstruir. No hay que encerrarse por miedo a nadie. Se puede recuperar la alegría. Cabe anunciar la Buena Noticia, que consiste fundamentalmente en comunicar a los demás lo que el Señor ha hecho en tu vida y cómo ha curado tus heridas.