Voleu rebre les notícies?

Subscriviu-vos al butlletí gratuït

(Laura Mor –CR) Con aire documental, la película Llegaron de noche de Imanol Uribe se ha estrenado esta semana en el Festival de Málaga y este viernes lo hará en varias salas de nuestro país. El thriller narra la reconstrucción de los asesinatos de seis jesuitas y dos trabajadoras en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) en San Salvador, la madrugada del 16 de noviembre de 1989. Y lo hace a partir de la única persona que fue testigo: Lucía Barrera. Una nueva cinta para la Muestra de Cine Espiritual de este otoño. Los jesuitas en Cataluña también han previsto un pase con coloquio el sábado 2 de abril en Boliche Cines; para asistir es necesaria inscripción previa.

Imanol Uribe (San Salvador, 1950), que estudió en los jesuitas, ha traído al cine la historia de los mártires de la UCA. Y lo ha hecho desde un estilo narrativo explícito, sin ahorrar la crudeza del relato y, al mismo tiempo, sin caer en emotividades superficiales. Uribe ha optado por una banda sonora de presencia discreta. Quizás porque en contexto de represión y de guerra civil el silencio también habla.

Un silencio que también describía al escritor salvadoreño Jorge Galán en el 2017 cuando presentó su novela Noviembre en Barcelona. El autor explicó en entrevista a Catalunya Religió que el caso Ellacuría es "una historia de sacrificio que conmueve". Galán recogió muchos testigos y los publicó, aunque se jugara la piel. Ahora, el director de Llegaron de noche ha explicado que descubrió al personaje de Lucía con esta novela. Y se apunta al cine comprometido.

La melodía de la película reza una de las frases más dramáticas que interpreta Juana Acosta en el papel de Lucía: “Es la verdad la que insiste, la verdad que se empeña, la verdad que quiere ser dicha, la verdad que quiere ser oída, la verdad que pelea por salir”. La protagonista defiende ese principio desde la humildad del personaje, que trabaja en el servicio de limpieza de la universidad. Pero también a la desesperada, frente a un poder que coacciona para que modifique su testimonio. Luz y taquígrafos. Los servicios de inteligencia americanos, con connivencia con el ejército salvadoreño la retienen en un hotel. Es en Miami, Estados Unidos, donde ha huido buscando protección y donde le toman declaración de lo que vio esa noche.

La frágil verdad en tiempos de guerra

La tensión del argumento gira en torno a estos interrogatorios, que presentan los hechos en cuentagotas, y que muestran lo frágil que es la verdad. Y la distancia que puede haber entre los hechos reales y lo que se quiere explicar desde la óptica del poder. La película muestra dónde queda la verdad en contexto de guerra, cuando la dictadura se impone. Y hasta dónde puede llegar la manipulación informativa, cuando va de la mano de un poder corrupto.

La película no discute sobre cuál fue el papel de los jesuitas en ese conflicto. La apunta con sutileza cuando vemos a "Ellacu", el padre Ignacio Ellacuría –Karra Elejalde–, como rector de la universidad. En una escena, en clase, defiende ante los alumnos que la lucha por la paz no puede ser sino con justicia y sin armas. En un entorno de carencia de libertad y pobreza, asegura que no se puede restar valor a los argumentos que reivindica la guerrilla, pero se desmarca de los métodos de la lucha armada.

También vemos al sermón del provincial, José María Tojeira –Carmelo Gómez–, en el entierro de sus compañeros jesuitas y del resto de víctimas. Una celebración que fue televisada y en la que el jesuita reivindicó que el espíritu de justicia de los asesinatos seguía vivo. Tojeira continuaría la obra de Ellacuría como párroco de la UCA.

En el repertorio también destaca el personaje del padre Paul Tipton –Ben Temple–, presidente de la Asociación de Institutos y Universidades jesuitas de Estados Unidos. Este jesuita irlandés, personaje influyente y de carácter, garantizará la seguridad de Lucía y su familia en Miami. Una figura que ejerció de mediadora en un entorno de mentiras y de intereses políticos y económicos.

En todo el relato, la dimensión religiosa ayuda a presentar bonhomía y honestidad. La propia protagonista repite en los interrogatorios que las víctimas eran buenas personas, que le habían ayudado siempre y que no le habrían hecho daño a nadie. Éste es el regusto agridulce de conocer su historia: saber que fueron muertes gratuitas, que durante mucho tiempo quedaron impunes. Y, al mismo tiempo, ver cómo su memoria sigue viva y sirve para explicar que la vida religiosa se hace presente, muy a menudo, allí donde nadie querría estar.

 

► Recupere la conversación sobre la película con el director de Animaset Jordi Roigé en La Rebotiga de este jueves.