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(Laura Mor –CR/Vic) “Experta en humanidad”. Así define María Teresa Llach Galilea a la fundadora de su congregación en el libro que acaba de publicar. Joaquima de Vedruna. Quatre vides en una (Claret, 2021) es una biografía que actualiza la documentación disponible sobre la santa. El libro, disponible en catalán, castellano, francés e inglés, está pensado para toda la familia Vedruna. Y presenta una figura inspiradora. En esta entrevista, hablamos con la autora sobre feminismo y sobre la tenacidad y la espiritualidad de esta mujer de Iglesia.

Llach es nacida en Barcelona, tiene 87 años y vive en Vic, en la comunidad que pertenece originariamente en la escuela. Ya había escrito antes tres historias documentales sobre la Congregación de las Hermanas Carmelitas de la Caridad, recogiendo el periodo de 1889 a 1953. Ahora, durante la pandemia, se ha reunido el Consejo General Ampliado de la congregación. Y una prioridad del encuentro ha sido el tema ‘Mujeres Vedruna, en una iglesia sinodal, profética y en salida’.

La mujer es la gran prioridad para la congregación...

Yo lo tengo muy presente, cuando hablo de santa Joaquima. Es una prioridad para la congregación y lo es socialmente. En el libro hablo de la valentía que tuvo Joaquima. Además, los hombres que en aquel momento le apoyaban se le fueron muriendo. Se le murió el marido; se le murió quien ella denominaba padre fundador, el padre Esteve de Olot; y se le murió el obispo Corcuera, que lo había apoyado muchísimo.

Se fue encontrando con que tomaba las decisiones y, además, ¡con tanta libertad! En una carta, el administrador de un hospital le reclama que envíe más hermanas, y le contesta: “Los hombres no entienden de estas cosas [aquí se ve la mujer que se ha hecho ama de una casa rural], pero yo sí que entiendo: cuando unas plantas se quieren trasplantar cuando todavía no está la tierra preparada, esto da malos resultados”.

Les dice "esperen".

Sí, "esperen". Y en otra reunión exclama con unos señores: "En esta me sabe muy mal porque yo debería haber estado". Son dos cosas muy concretas, pero un poco llamativas en su tiempo. Es verdad que es hija de su tiempo, es dócil a la jerarquía. Pero también es cierto que Joaquina entiende que con su libertad debe decir su palabra, y lo hace.

Ahora, ¿Vedruna y la mujer religiosa están diciendo su palabra a la Iglesia con toda libertad? ¿Están en el espacio que deberían estar, con plena participación?

Yo creo que no están todavía. Sobre todo, porque hay muchas mentalidades entre el mundo de las religiosas. Y las hay que todavía están muy atrás, eso es evidente. Pienso que desde las Vedruna sí estamos con esto, aunque, seguramente, entre nosotros también debe haber diversidad, como en todas partes con un gran colectivo.

¿Cómo se debe hacer el diálogo con estos ámbitos de Iglesia que no priorizan la dignidad de la mujer o no ven que haya una discriminación?

Con tacto, con amabilidad y con un diálogo en el que se pueda decir la propia palabra de forma que no ofenda, pero que proponga.

¿Al estilo de Joaquina?

Sí, siempre con este tipo propositivo, más coercitivo, y de alguna manera tratando de ir más allá. Hoy nos ampara a toda costa el papa Francisco. Basta leerlo para ver por dónde hay que ir.

 

“LA SITUACIÓN DE LA MUJER EN LA IGLESIA NOS INTERPELA Y DAMOS LA CARA”

 

El papel de capacitación y empoderamiento de la mujer en ámbitos de exclusión y marginación, ¿también se trabaja en estos territorios donde tienen presencia?

Es fundamental. Si miramos la India: podemos tener un colegio mayor y algunas escuelas interculturales, o podemos estar en zonas de la selva donde las niñas, porque tienen un internado, pueden tener una enseñanza o de lo contrario se quedarían sin nada. Esto, trasladado a África, los últimos años se ha ido sistematizando. Tenemos en Gabón todo el trabajo con las niñas esclavas. Esto no viene de ahora, ya lo llevamos de tiempo.

Parece mentira que la esclavitud todavía exista.

La esclavitud todavía es una realidad, aunque oficialmente esté abolida. Aquí nos inclinamos a favor de los derechos de la mujer. Desde la congregación, hacemos lo que podemos.

En Catalunya está la coordinadora de mujeres creyentes Alcemos la voz. ¿Les siguen la pista?

Estuvimos escuchando el último encuentro con Xavier Morlans, Noemí Ubach y una hermana nuestra, Carme Molist. La situación de la mujer en la Iglesia nos interpela y damos la cara. Si lo miramos desde Joaquina de Vedruna y sus raíces, ella fue una mujer que trató de resolver las necesidades de su tiempo, pero que por otro lado se adelantó. A punto siempre de dar respuesta a lo que se veía venir. Y la aceptación en ese momento de la escuela para niñas, en 1826... Era la primera congregación de educación en España, fuera sólo estaba la Compañía de María. Evidentemente, Joaquina condujo aquellas chicas porque de otro modo no tendrían ningún tipo de conocimiento ni instrucción.

En el libro también explico que pide mucho a la maestra de novicias que las hermanas aprendan a leer y escribir. Algunas hermanas ya se habían educado en alguna escuela nuestra, como la de Cardona. Pero otros venían de pueblos donde no había escuela de ningún tipo. Y tenían que empezar de cero. Ella insistía mucho: "Que sepan de todo". Leer y escribir, ¡claro que nos parece prioritario! Pero entonces era una necesidad urgente: por no estar sólo abocadas al telar, si estaban en la industria, o en los fogones, si estaban en casa. Incluso las mujeres ricas y acomodadas, la única palabra que tenían era sobre el servicio.

 

"HAY UN DISCURSO DE DESCONOCIMIENTO QUE MINIMIZA LA PRESENCIA DE LAS MUJERES EN LA IGLESIA"

 

Este movimiento de Iglesia reivindica igualdad de la mujer, la plena participación en los espacios de decisión y de gobierno. Hay quien interpreta que esto es sólo una búsqueda de poder.

Desde otros sectores no lo sé, pero pensarlo desde la Iglesia sería contrario al evangelio. Jesús no nos habla nunca del poder, sino del servicio. Por lo tanto, debemos estar en esta línea necesariamente.

No se pone en cuestión que un obispo esté haciendo un servicio o cualquier otro cargo directivo dentro de una delegación diocesana, por ejemplo.

La igualdad no supone que nos queramos cargar los hombres, sino que haya de entrada un trato de dignidad y de participación. Sin tener que entrar ahora en el tema del sacerdocio, que ha irá viniendo. Sí que en este momento podemos estar en muchos lugares y eso nos piden una buena preparación. Ya encontramos algunas, de mujeres. Pienso en la biblista Núria Calduch, por ejemplo, y tantas otras que ya son en escuelas o en facultades de teología. A veces, por parte de los medios, hay un discurso de desconocimiento que minimiza la presencia de las mujeres en la Iglesia.

¿Hace una lectura positiva de los cambios actuales, aunque lleguen muy despacio?

Sí. Objetivamente vamos poco a poco, tal vez podríamos ir un poco más de prisa. Pero todas las cosas importantes necesitan un proceso. La pedagogía de Dios es ésta. Dios no tiene prisa. No podemos forzar, pero sí tenemos que empujar. No quiero decir que nos tengamos que quedar de brazos cruzados. Se trata de que la gente se sienta impulsada y atraída; que cada uno, desde la realidad comunitaria, congregacional, institucional, vaya haciendo. Y ojalá esto vaya dando sus resultados. Como el espíritu es medio, ya saldrá.

 

"NO HAY REALIDAD QUE NO PODAMOS AFRONTAR DESDE EL FRACASO"

 

Hablamos de cómo ha vivido la congregación la pandemia, que ha afectado y mucho a las comunidades. En Tarragona nos explicaban cómo es de importante en estos momentos la fraternidad entre hermanas.

Nos hemos apoyado. También en casos más extremos, como fue por ejemplo en Madrid: una cuidadora sin saber que era positivo infectó la enfermería. Allí cayó todo el mundo. Hermanas jóvenes fueron a su cuidado. Y lo hemos ido encontrando en otros lugares, en Cataluña, por supuesto. Entre todas las defunciones, alguna ha sido por edad o por patologías previas, pero no ha habido por Covid-19. Encima, vivimos también toda esta realidad en Perú, en Brasil... ¡donde el Gobierno lo ha llevado tan mal! Y después todo este rebrote tan serio de la India: en un mes hemos tenido tres defunciones. Lo vivimos en la propia piel. Pero, sobre todo, hemos sentido que nos apoyábamos las unas a las otras. Y también desde nuestros confinamientos, online, o desde contactos más personales, hemos tratado de animar y acompañar a otras personas que se sentían deprimidas, solas...

¿Los creyentes deben hacer este papel de animar una sociedad que está muy tocada? ¿Qué dice el Evangelio de esta situación?

La palabra de Jesús es muy clara, siempre es la misma: "Amaos como yo os he amado". Y detrás de este "amaos", hay un amor incondicional, un amor que abraza todas las pandemias. En pleno confinamiento estaba escribiendo el libro. Santa Joaquina murió de una pandemia: la del cólera, en 1854. En el momento de su contagio, ya estaba deteriorada, en la casa de Caridad que regentábamos en Barcelona. Ella supo de niñas que habían muerto. Nos consta que lo vivió todo con una gran aceptación y serenidad. Desde las raíces, a las continuidades, a lo largo del tiempo hemos estado presentes en varias epidemias. No hay realidad que no podamos afrontar desde el fracaso. El fracaso no es nunca el fracaso de la persona: esto es lo que hoy preocupa más. Cuando esto lleva a que la gente acabe con su vida... El fracaso viene de las circunstancias, tal vez de una mala gestión... Pero si nosotras nos sentimos hermanadas y en comunidad, cuando una se siente más deprimida, la otra lo anima. Esto es hacer piña.

 

“NO NOS PREGUNTARÁN TANTO POR EL QUÉ HAS HECHO, SINO POR EL QUÉ HAS SIDO"

 

Estamos en Vic, una ciudad compleja, que requiere estar atentos a situaciones de marginación y pobreza que se pueden derivar de procesos migratorios...

Desde la escuela esto se tiene muy y muy presente. En la escuela vienen alumnos de todo tipo, muchos del campo de la inmigración. Algunos con circunstancias muy duras. Nosotras estamos directamente implicadas como congregación. Ya sea con entidades que trabajan con los inmigrantes, ya sea porque una comunidad acoge o cede un piso...

La reacción más espontánea, sin un trabajo de fondo, es el rechazo y la hostilidad hacia el diferente. Se entiende que la educación en la escuela juega un papel clave a la hora de dar elementos de comprensión...

Estamos encima. Nos encontramos con varias facturas. La fractura con Dios, la fractura con los otros, la fractura con nosotros mismos. Y la fractura con nosotros mismos, ¿cómo la solventamos? Es evidente que lo que nos puede humanizar más es la trascendencia. Todos tenemos grietas. Tenemos que poner nuestro esfuerzo, Dios ya hará el resto. Pero el esfuerzo personal, no te lo puede quitar nadie. Tengas la edad o el cargo que tengas, hagas lo que hagas. Es una responsabilidad. Y a la hora de la verdad, no nos preguntarán tanto por el qué has hecho, sino por lo qué has sido. Estar pendientes de lo que puedan pensar es una especie de superprotección que nos ponemos encima y nos araña.

En Cataluña, ¿hay sequía de nuevas vocaciones?

En Cataluña y en España, hay sequía. En la India florecen las nuevas vocaciones, tenemos muchas hermanas indias. Son vocaciones muy consistentes, gente de una gran espiritualidad. Japón está sufriendo lo mismo que nuestro occidente. Pero en África también hay vocaciones.

¿Qué pasará con la vida religiosa en Cataluña los próximos veinte años?

No lo sé. Hace muy mal decir, porque a veces la vida tiene sorpresas. La vida religiosa como tal, ha pasado de todas a lo largo de la historia, desde los primeros eremitas. Pueden desaparecer congregaciones, no hace falta decirlo. También es verdad que se necesitan unas familias carismáticas, la unión de varias congregaciones. Pero no volveremos a ese número exorbitante de vocaciones como en el siglo XIX. Son unos tiempos diferentes. En la Iglesia hay una gran conciencia, progresiva, de la importancia del laicado entre los creyentes. Y Dios sigue llamando, con entregas radicales, forma parte de su proyecto. Lo que tengo muy claro es que, como Joaquina, hay que tener proyecto. Si no hay proyecto, no hay futuro.

 

"SI NO ACEPTAMOS CON NATURALIDAD LA DECREPITUD, ESTAMOS PERDIDOS"

 

¿Cuál es el proyecto hoy de María Teresa Llach?

Yo llevo ya muchos años de vida. En este momento es implicarme en todo lo que pueda, intelectualmente mientras pueda, físicamente también. Y como digo en la oración de cada día cuando me despierto: "Gracias Señor por lo que tengo y gracias por lo que voy perdiendo". Si no aceptamos con naturalidad la decrepitud, estamos perdidos. Última hora, en la decrepitud, sea lenta, sea rápida, nos acercamos a la vida definitiva. Para nosotros los cristianos es preciada. Si hay que hacer este traspaso paulatinamente o deprisa, esto también está en las manos de Dios. Hay una parte de la que no podemos prescindir, pero hay otra que debemos dejar en manos de Dios. Y punto.

Es lo que decía hace un rato: que no es importante lo que hacemos, sino lo que somos.

Y lo que somos desde la propia realidad, con nuestras debilidades y con nuestras posibilidades. Lo que no es bueno es compararse: Dios nos ha hecho únicos. ¿Por qué me tengo que ir comparando con el hermano, si tiene más o menos cualidades? Dios da y sólo me solicita que haga fructífera mi tierra, no la del vecino.

A Joaquina de Vedruna, una persona inteligente y creativa, nadie le ahorró de vivir contradicciones...

A menudo. La primera, de jovencita, con 12 años.

¡Cuando le dicen que no puede entrar en el convento!

Pensaba que quería ser Carmelita Calzada. Resulta que acaba casándose. Tampoco lo hizo forzada, creyó que en ese momento la voluntad del padre era el querer de Dios. Si no, se habría cuadrado: en Teodoro, el prometido que la pretendía, le caía bien. Esto por supuesto.

¿La otra contradicción? Tuvo muchas con la familia del marido; ya no quiero hablar de las pobrezas que llegó a sufrir. También pensaba: "Cuando tenga los hijos colocados, entraré en un convento de clausura que admitan viudas". Y le enmiendan el pensamiento. Tuvo que orar y reflexionar.

 

“EN JOAQUIMA EL AMOR SUMA SIEMPRE”

 

Después, las dos primeras fundaciones fueron un fracaso total. Otro hubiera tirado la toalla, ella continuó. Y pasó por exilios, cárceles... Pero es cierto que en Joaquina, ojalá sea también en nosotros, el amor suma siempre. Lo que había querido y lo que amaba, se incorporaba al nuevo amor de después. De modo que los hijos serán siempre una prioridad. No les dejará de lado, aunque estará tan al día de la vida de sus hermanas, de su acción como fundadora, y de las fundaciones que irá abriendo toda Cataluña.

¡Una buena capacidad de síntesis! A veces, parece que el amor tenga que restringir en unos cajones concretos.

No, no, el amor es expansivo por naturaleza. Si no, el espíritu Santo no pintaría nada. El padre y el hijo, y el amor es el espíritu. El amor de dos infinitos. Ella tuvo muy presente la vivencia esencial de la trinidad. Tuvo confianza en el padre, siguió Jesucristo que era su centro, y se fió del espíritu. Y fue capeando todos los temporales. Tenía defectos, era un poco mandona, era impaciente. Con el tiempo lo fue trabajando.

¿Siempre ha hecho investigación de la figura de Joaquina?

La he hecho desde el año 1983. Yo no era alumna de las Vedruna. Pero desde una vocación a la vida consagrada directa, cuando creía que tenía el cómo, se presentó ella. Este aire de familia marcó sus comunidades, ser una sola clase de hermanas... en ese momento, ¡era impensable! Y me atrajo.

En el libro, ¿qué puede sorprender más de Joaquina?

Miremos el subtítulo: "Cuatro vidas en una". Primero es Joaquina de Vedruna Vidal. Después es Joaquina de Mas y de Vedruna, el nombre del marido iba delante de todo. Después es Joaquina viuda de Mas. Después, Joaquina del padre san Francisco. En la condición de que ella siempre firmó Joaquina de Mas. Quizás añadía de Mas y de Vedruna, pero siempre en todas las fundaciones y convenios, y en las cartas, siempre firma Joaquina de Mas, o de Mas y de Vedruna. Su apellido de casada no lo perdió nunca más. Esto significa que el amor suma siempre.

Hoy una línea feminista diría que esto de cambiar el apellido a favor del apellido del marido era una renuncia a su identidad.

Era como estaba establecido. Si lo dicen ahora, que estudien la historia y entenderán que esto de pasar delante el apellido del marido se hizo hasta el último tercio del siglo. Hay que ponernos en el contexto de la historia.

Las mujeres de Iglesia han contado con el apoyo de muchos hombres a lo largo de la historia. Hay cambios que no venden sólo porque los crean las mujeres. Hay que compartir este camino...

El padre Carlos Sánchez ha publicado un libro interesantísimo sobre las misiones populares del padre Claret y sus años de misionero. En un momento determinado explica cómo había fundado una asociación en la que había laicos, laicas, sacerdotes, etc. Y hablaba de que hubiera diaconisas. Entonces el obispo de Tarragona lo prohibió. No sólo la letra, sino la misma asociación. Y se acabó. Quiere decir que en ese momento también había cosas que eran muy innovadoras.

Sobre el diaconado femenino, el papa Francisco no ha cerrado carpeta definitivamente. ¿Hay recorrido a corto plazo?

No creo que esto tarde mucho. A la hora de la verdad es como cuando han iniciado el ministerio de catequista. La vida ya iba por delante. Yo diría que hay realidades de hermanas, religiosas y de laicos que prácticamente son figuras de diaconisas. Porque hay parroquias que si no, no verían el cura. ¿Nos ha llevado la necesidad? Quizás sí. ¡Pero tanto es! A veces, sin más ni más no se generan ideas. Es por necesidad, que surgen.

Algunos sólo insisten en la importancia de hacer misa.

Claro, sí es importante. No podemos dejar de decir que la eucaristía, la Pascua, es el centro de la vida cristiana. Pero no podemos ceñirnos a la eucaristía dejando de lado todas las otras realidades. El anuncio debe ser fundamentalmente del evangelio y de Jesús. Esto es lo primero, sin buscar demasiadas excusas, pero también hay que saber en qué momento oportuno se hace.