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vlaferrara Dom, 31/10/2021 - 09:15

(Josep Gordi –CR) De la mano del buen amigo Joan Vallhonrat, que es un gran conocedor del medio rural del Vallès y un buen gestor forestal, hemos visitado el Santuario de Gallifa. Un nuevo descubrimiento dentro de la colección de artículos sobre santuarios naturales que publicamos en Catalunya Religió.

Nos encontramos en la plaza de Sant Llorenç Savall, al pie del macizo de Sant Llorenç del Munt. Desde esta localidad continuamos por la carretera BP-1241 que va hacia Sant Feliu de Codines y en el kilómetro número seis aparcamos el coche junto a una ancha explanada que hay alrededor de una larga curva. Desde este lugar decidimos continuar a pie ya que a unos diez metros de esta pronunciada curva aparece el desvío que lleva hacia el Santuario.

El paseo transcurre entre encinas y pinos y, a lo largo de toda la caminata, disfrutamos del silencio que reina por esta región llena de bosques y riscales. El santuario está abierto de lunes a domingo de las 11h a las 17h, a excepción de los miércoles que permanece cerrado. Hay una persona que vive sola, que cuida el espacio, y de recibir a los visitantes. El santuario tiene un patronato que vela por el lugar y por el legado del padre Dalmau.

Andando, recuerdo que Joan me explicó que este espacio está estrechamente ligado a la figura de Josep Dalmau (1926-2018), que nació en Sant Llorenç Savall y, en esta misma localidad, fue ordenado sacerdote en 1952. El año siguiente fue destinado como vicario a la parroquia de Gracia de Sabadell, donde trabajó para los jóvenes del barrio, organizando colonias en verano y otras actividades a lo largo del año, como las caramellas. También se incorporó al movimiento obrero católico, a la acción no violenta junto a Lluís Maria Xirinacs y Pepe Beunza, y en la lucha contra el franquismo y en favor de la independencia más adelante. Quizá por ser cura y activista le nombraron en 1958 párroco de Gallifa, un pequeño pueblo del Vallès Occidental situado en el valle que se extiende bajo el imponente risco de Gallifa.

Encima de un riscal

A raíz de un viaje a Éfeso y, en concreto, a la visita a los escombros del templo de Artemisa, diosa de los lugares salvajes donde los humanos no han actuado, de la caza y la virginidad, reflexionó sobre el valor de este personaje mitológico y estos pensamientos le llevaron a unir esta figura mitológica griega con María, la Virgen María, y a promover la creación del santuario de Nuestra Señora de la Ecología.

Este hecho me hizo recordar un paseo con el filósofo Jordi Pigem desde L'Escala hasta Sant Martí d'Empúries. Frente a la iglesia de Sant Martí, situada frente al mismo mar, me explicó que, seguramente, esta edificación se levanta sobre los cimientos de un templo dedicado también a Artemisa. Precisamente en el libro III de la Geografía de Estrabón dice que en “Emporion se venera a Artemisa Ephesia”. Esta cadena de recuerdos me llevó a recordar la festividad de san José de este 2021, en la que Jordi Pigem y yo coincidimos en una comida en Solsonès, en la que me regaló su último libro Ecosofía. La sabiduría de la tierra, que comienza con estas palabras: “Uno de los mayores retos del siglo XXI es aprender a convivir dentro de la biosfera”.

Volvemos a Gallifa. Para hacer realidad la idea de crear un santuario dedicado a la ecología, Dalmau promovió la restauración del castillo de Gallifa, situado sobre un riscal, a partir de 1985. Con los años se rehizo la capilla del antiguo castillo que sobre él mantiene los restos de una torre de defensa y de otra estancia. Es curioso que en este espacio se venerara una talla medieval llamada la Virgen del Castillo. Por tanto, se pasó de la Virgen del Castillo a Nuestra Señora de la Ecología y se crearon unos gozos ligando las dos figuras que comienzan así:

De un viejo árbol sobresalida
como Artemisa fue antes
aquí fuisteis reverenciada
por nuestros primeros cristianos,
porque de todo desorden
os creemos preservadora,
¡envuelva con el manto
nuestra tierra, Señora!

En las escaleras de la ermita nos sentamos Juan y yo para disfrutar del sol de la mañana y charlar un rato. Y resulta un diálogo que hace, más o menos, así:

Juan, ¿cuándo conociste al padre Dalmau?

Del padre Dalmau había oído hablar siempre ya que era un hombre muy activo tanto por la manera de pensar como de hacer. Tenía una forma de predicar y contactar con la gente muy especial. Cuando le conocí personalmente, debo reconocer que me hizo mucha ilusión. Con los años fuimos cogiendo confianza, ya que siempre me comentaba sus proyectos.

¿Recuerdas la primera vez que pisaste este santuario con él?

¡Por supuesto! En ese momento el castillo estaba en proceso de restauración y el espacio presentaba menos modificaciones que en la actualidad. Ahora hay más esculturas entre los árboles y, en ese momento, las gradas para acoger a los visitantes tampoco existían.

¿Cómo definía él lo que debía ser ese espacio?

Como un espacio de encuentro entre todas aquellas personas que querían y quieren conectar con la naturaleza y entenderla como la Madre Tierra que nos une a todos, vengamos de la tradición espiritual que vengamos. Recuerdo unas palabras suyas: “No pueden despegarnos o desentendernos de la naturaleza. Somos naturaleza. Si destruimos o maltratamos el aire, los ríos, los árboles o las montañas, nos maltratamos y destruimos a nosotros mismos”.

Después de esta conversación, subimos hacia la sala que hay sobre la capilla y desde el lugar más elevado disfrutamos de todo el grupo de montañas y bosques que nos rodean. Es decir, desde el macizo de Sant Llorenç del Munt en el risco de Gallifa, envueltos por el silencio del espacio recuerdo unas palabras de Raimon Panikkar: “Lo que siempre me ha apasionado es ir paso a paso por las montañas”. Y Juan y yo permanecemos un buen rato en silencio, acompañados sólo por el sonido de las ramas de los árboles movidas por el viento o el canto de algún que otro pájaro.

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