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(Teresa Forcades) "A mí siempre me ha ido bien la técnica del caracol", me decía. "El caracol, así que le tocan los cuernos, rápidamente los esconde y apenas dejan de tocárselos, rápidamente los extiende de nuevo. Y parece que no se cansa nunca de hacerlo". Mientras lo decía torcía un poco la cabeza y le sonreían muy divertidos los ojos claros, invitándome a ir más allá de las mezquindades cotidianas hacia un horizonte de luz que es lo único que de verdad importa.

La vida monástica del padre Hilari no fue fácil. Muchas veces tuvo que esconder los cuernos y muchas veces los extendió de nuevo; con cada ciclo, el corazón parecía que se le ensanchara algo más, como sí en él se fuera haciendo verdad la promesa del salmista que San Benito incluye en el prólogo de la Regla: "Correrás con el corazón ensanchado por los caminos de los mandamientos" (Ps 118,32). La hermana M. Alba disfrutaba especialmente de su humor en las homilías: "Tiene aguijón", decía. Yo me fijaba que era uno de los pocos monjes que al leer el evangelio unía las manos ante el pecho en el gesto típico de plegaria y me gustaba su combinación de piedad e irreverencia. Parafraseaba a San Agustín: "Si robo un barco, me llaman pirata. Si robo mil, me llaman banquero". Y citaba a su amado Juan XXIII: "Señor, ahora voy a dormir, que estoy cansado. De la Iglesia, cuídate tú hasta mañana".

Lo conocí en 1993 y todavía llevo, muy remendado, el hábito que él bendijo. Fue él quien me habló por primera vez del Monestir de Sant Benet y me invitó a visitarlo, diciendo: "Hace veinte años que no entra nadie. No hay ninguna joven que quiera ir a enterrarse allí". Cuando entré cuatro años más tarde, tuve la sorpresa de recibir una nota suya que decía: "Cómo he deseado comer contigo esta cena pascual". El texto de Lucas (Lc 22,15) dice "con vosotros". Él había escrito "contigo". Me impactó la noción del deseo de Dios, personalizada de este modo. ¿Es posible que Dios no solo nos acoja y nos proteja, sino que nos desee, personalmente, a cada cual?

Creo que el padre Hilari lo había descubierto. Me puedo imaginar que no lo descubrió enseguida, sino en una de las muchas noches oscuras que debía de haber sufrido, quizás en el exilio de Colombia o antes de ir. No lo sé. Lo que sí sé es que a mí me orientó desde el inicio en la dirección de un Dios entrañable y sorprendente, capaz de penetrar el corazón de punta a punta. Un Dios exigente, pero en absoluto severo. Que conoce y acoge la debilidad humana. Que nos ama con locura y desea ardientemente que queramos cenar cada día con Él.

Doy gracias a Dios por la vida del padre Hilari y por haberlo puesto en mi camino; lo imagino sentado en el regazo de Abraham, disfrutando de la alegría sin fin de Dios que su fina ironía tan bien supo anticipar, y diciéndonos: "¡Ánimos! Que merece la pena".

Teresa Forcades i Vila es monja benedictina