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El barómetro del CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas) señala que la corrupción y el fraude constituyen la máxima preocupación en la sociedad española, solo superada por el paro. Si acudimos al diccionario, la definición de corrupción es precisa: «En las organizaciones, especialmente en las públicas, práctica consistente en la utilización de las funciones y medios de aquellas en provecho, económico o de otra índole, de sus gestores.» Los casos de corrupción afloran como hongos. Los medios de comunicación se hacen eco de nombres relevantes, de personas famosas, que son llamadas a declarar por presentar actuaciones delictivas. Se crea una sensación de que todo está podrido. Se multiplican las reacciones de indignación. El bisturí del cirujano es sustituido por la emocionalidad del hooligan. Hay que extirparla con precisión, pero sin demasiados aspavientos.

Primero, los tentáculos de la corrupción. La corrupción es como un cáncer que puede atacar a cualquier órgano. Tiene muchos tentáculos y está presente en las más diversas circunstancias. En el campo de la economía, se concentran la mayoría de casos, pero su presencia se detecta también en situaciones de otra índole. Las personas fallan, pero preocupa aún más que la corrupción haya llegado al sistema y que lo esté carcomiendo por dentro. Donde los atractivos deslumbran, donde las tentaciones están al día, se corre mayor riesgo de conductas delictivas. No siempre la corrupción recibe el mismo trato, porque, con frecuencia, los sistemas de análisis y de intervención están de igual manera corruptos.

Segundo, la corrupción como arma arrojadiza. Acusar de corrupción a otra persona o institución, puede ser una denuncia fundamentada. Si no es así, se la convierte en un arma arrojadiza que no busca la purificación de una conducta indeseable, sino la destrucción del adversario, mediante la falsedad y el engaño. Publicar que determinadas personas tienen cuentas en el extranjero, incluso su número bancario, sabiendo que no es cierto, es corrupción. Aprovecharse de estas falsedades para eliminar adversarios políticos o de otra índole, es corrupción. Incidir gracias a ellas en los resultados electorales, es corrupción. No tratar a todos por igual, siendo implacables con unos y tolerantes con otros, es corrupción. 

Tercero, afrontar la corrupción. Hay que intervenir con valentía, con justicia y sin venganza. El objetivo es sanar, purificar y sancionar las conductas corruptas en las personas que las cometen. No es justo amplificar unos casos, silenciando otros, por intereses personales o de grupo. Resulta indispensable la separación de poderes, para que la justicia pueda actuar con independencia, sin someterse al poder ejecutivo, ni a otros grupos de presión. Tarea difícil, pero indispensable. Los emporios mediáticos tienen una grave responsabilidad. Si no vigilan, pueden convertirse en correas de transmisión de intereses corruptos. Tener fuerza no significa tener razón. A menudo, se olvida. Las víctimas de la corrupción son tantas… Pocas veces se piensa en ellas. ¿Cómo se las repara?