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Alvin Toffler, autor del libro La tercera ola, marca tres momentos históricos de manera esquemática, que se corresponden a las tres olas: la agricultura y la ganadería, la revolución industrial y la tecnología del conocimiento y de la información. Los cambios de una a otra han producido profundos impactos en las sociedades. Actualmente, nos estamos adentrando de forma decidida en la tercera ola. En ella, adquiere su sentido el libro Las guerras del futuro de Alvin y Heidi Toffler. La guerra de Irak fue el ejemplo más claro. Los bombardeos eran televisados en directo. Los soldados eran ingenieros informáticos que, en vez de manejar ametralladoras y vestir atuendos militares de camuflaje, regían los acontecimientos desde sus terminales. Las bajas sólo se contabilizaban en el adversario, que no disponía de los mismos recursos. Luego, al tener que culminar el combate, en el cuerpo a cuerpo, las cosas cambian y los riesgos aumentan.
 
En nuestro mundo, para ganar ya no hace falta disparar una bala o lanzar un misil. Unos mensajes a través del móvil pueden cambiar el curso de los acontecimientos. Los medios de comunicación imponen los relatos, que construyen una realidad virtual en vez de reflejar los hechos. Las posibilidades son inmensas, pero los peligros no son menores. Las crónicas se sustituyen por las opiniones y éstas transmiten las consignas. Importa el resultado y el objetivo que se busca. Se miente sin escrúpulos. Para ocultar la realidad, las balanzas fiscales se cambian por cuentas regionalizadas. Camuflaje. Mentira. Así, en todos los campos de la actividad humana. Un aprendizaje pedagógico consiste en tomar una noticia relevante y poner en paralelo los tratamientos que le dan los distintos medios de comunicación. Pluralismo, sí. Pero también manipulación y engaño.
 
La pregunta de Pilatos: «Qué es la verdad», formulada cínicamente, ha dejado de tener consistencia en muchos ambientes. No interesa. Se manipula la historia. Cada cual construye su versión, pero no hay que desestimar leer Visión de los vencidos de Miguel León-Portilla para darse cuenta de que la versión oficial de cualquier hecho tiene demasiado interés para imponerse en los colectivos. Llegamos así a la agonía de la verdad en su doble significado. Primero, como proximidad a la muerte, como una realidad moribunda. El relativismo hace estragos. Segundo, como lucha por sobrevivir. La humildad, el rigor y la ausencia de miedo, lejos de la imposición y el dogmatismo, representan la pelea que hay que mantener para permitir el florecimiento de la verdad. No basta pugnar por la transparencia. No se puede exigir la verdad de los otros sin enfrentarse a la propia verdad, a la verdad de sí mismo. A veces se llama autocrítica. Pero va mucho más allá. La excelencia del medio, la facilidad tecnológica, la capacidad de influencia no fundamentan la verdad. En todo caso, la difunden. En muchas situaciones, la distorsionan. Hay que saber pensar sin engañarse.