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Carta abierta a la alcaldesa de Barcelona de Josep M. Carbonell, Jordi López Camps, Eugeni Gay, Núria Gispert, Eduard Ibáñez, David Jou, Margarita Mauri, Carlos Losada, Josep Miró i Ardèvol, Núria Sastre, Francesc Torralba, Eudald Vendrell​

Con sentimiento de tristeza nos dirigimos a usted, señora Colau, en su calidad de alcaldesa de Barcelona y lo hacemos en nuestra condición de cristianos. En el acto solemne de entrega de los Premis Ciutat de Barcelona que este año se concedieron este lunes en el Saló del Consell de Cent se han leído unos versos que con el título de Mare Nostra parodiaban el Padre Nuestro, la oración central de los cristianos que el mismo Jesús, Cristo, nos enseñó y que es el más preciado legado, con el que nos dirigimos al Padre de la Creación todos los cristianos de los cinco continentes.

Ha habido muchas manifestaciones orales y escritas desde aquel momento. No queremos entrar en la polémica y respetamos todas las opiniones. Afortunadamente, la libertad de expresión es hoy un derecho inalienable de todos, pero este derecho tiene que conjugarse con todos los derechos que, de carácter fundamental, tenemos reconocidos y protegidos en nuestro ordenamiento jurídico; toda libertad encuentra su límite en la invasión del ámbito de la libertad de los otros y todo derecho es reconocido en relación con los otros. Estas son las reglas de la convivencia y esta es la función social del derecho al que han llegado afortunadamente los derechos fundamentales como columna vertebral del ordenamiento jurídico. Para nosotros los cristianos el Padre Nuestro nos acompaña y nos hace meditar el mensaje central del cristianismo que es el amor de Dios a los hombres, la solidaridad de todos los cristianos con la humanidad entera sin exclusiones y el deber moral de perdonar y también de pedir perdón, rogando la ayuda de Dios, para que así sea. Hoy la adscripción a la fe no es ninguna obligación ni ningún privilegio. En las prisiones, en los campos de refugiados, en el éxodo, en la guerra, en la tortura y en el martirio miles de hombres, mujeres y criaturas, los cristianos imploran a Dios mediante el Padre Nuestro.

Tan sólo hace falta ver las persecuciones de los más débiles, cristianos y no cristianos, en el mundo de hoy para saber del dolor, de la miseria y de la triste realidad de la inmensa mayoría de los seres humanos. Nos resulta imposible medir su sensibilidad individual, pero su sufrimiento no es mesurable porque es patente, manifiesto e insultante.

Pues bien, señora alcaldesa, le rogamos que en lo sucesivo tenga en cuenta los sentimientos de las personas que conforman la sociedad de cuya administración es usted la primera responsable.