×

Missatge d'avís

The service having id "_mobile_whatsapp" is missing, reactivate its module or save again the list of services.
Bailando con la Trinidad

Voleu rebre les notícies?

Subscriviu-vos al butlletí gratuït

Aprovechando que el domingo 16 de junio se celebra la Santísima Trinidad, os proponemos profundizar en ella a partir de el conocido "Icono de la Trinidad" de Andrej Rublev.

Bailando con la Trinidad

Rublev, en su icono de la Trinidad, nos toma de la mano y nos conduce hasta el interior del espacio pictórico, donde tenemos un lugar en la mesa puesta. De modo que de espectadores pasivos nos convertimos en partícipes de un misterio que fecunda la realidad. Como fecundó a Abrahán y a Sara, contra todo pronóstico, y más allá de sus expectativas. El icono de la Trinidad parte de aquella escena entrañable de Abrahán y Sara acogiendo a tres misteriosos extranjeros en los que encuentran la huella de Dios mismo (Gn 18-19). La acogida, pues, de la alteridad, de la diferencia, del extranjero, es ocasión privilegiada de encuentro con Dios. Una acogida en la que, desde muy antiguo, la comunidad cristiana reconoce a la Trinidad, porque el camino de la hospitalidad es camino de estima y Dios mismo  es amor que se manifiesta en las relaciones humanas.

Andrej Rublev, en el siglo XV, pintó este icono para la ermita de la Trinidad, construida por san Sergio, en unos momentos históricos duros para el pueblo ruso. Despoja la escena hasta dejar solo lo esencial.Contemplamos a estos tres personajes fuertes y delicados simultáneamente, sin edad ni sexo definidos, en una composición muy dinámica, en la que el juego de miradas y la circularidad del gesto envuelven al cáliz (propiamente, tres cálices, uno dentro de otro, como las muñecas rusas). La mesa puesta de la Eucaristía es su centro.

Icona de la Trinitat d'Andrej Rublev

Las figuras

El Padre, vestido con ropas de un color indefinido, transparente –invisible–, el Hijo vestido con el azul de la divinidad y el rojo de la carne y la sangre (con la cabeza inclinada en un gesto muy parecido al que encontramos en tantas pinturas  que representan al crucificado), el Espíritu con el verde de la vida. Los tres comparten el azul, pero solo el Hijo viste la visibilidad del color de la carne. A sus espaldas, tres símbolos: la casa de la acogida  (y de la tradición), la encina de Mambré –o el árbol de la vida que también es el árbol de la cruz–, la solidez de la roca de donde Moisés hace brotar el agua.

Las figuras son iguales y diferentes a la vez, sin otra jerarquía que las miradas del Hijo y del Espíritu al Padre, una buena imagen de la igualdad en la diversidad; la Trinidad es un conjunto, no la compartimentación Padre/hijo/Espíritu a la que la mirada occidental nos ha acostumbrado.

El mundo

El mundo está muy presente, expresado en el lenguaje icónico por este rectángulo que puede verse bajo el cáliz. El mundo que conocemos, el de los hombres y mujeres de hoy, pues, está en el centro de la Trinidad y de la Eucaristía.

Un icono que, como todos los iconos, no pretende describir el mundo visible, sino conectarnos con el Dios invisible. El icono, pues, nos evoca la imagen de Dios y nos lleva a preguntarnos qué icono pintamos nosotros con nuestras vidas: ¿qué imagen de Dios se manifiesta a través nuestro?

Mercè Solé