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(Albert Batlle, Míriam Díez, Josep Maria Carbonell, Eugeni Gay, Jordi López Camps, David Jou, Margarita Mauri, Josep Miró i Ardèvol, Montserrat Serrallonga, Francesc Torralba - La Vanguardia)  La escuela cristiana en Catalunya es una realidad relevante tanto con respecto al conjunto de centros educativos que la configuran, como por el número de familias que año tras año confían la educación de 260.000 alumnos. Bajo esta denominación se reúnen escuelas que participan de carismas diferentes y de sensibilidades sociales distintas, pero que comparten un mismo proyecto educativo, fundamentado en la autonomía de los centros, la atención primordial al derecho de los padres a la educación moral y religiosa de los hijos, desarrollar una educación integral, física, psíquica, social, y espiritual desde perspectivas que van de una matizada inspiración cristiana, en las que ofrecen a Jesucristo como centro de su formación.

La diversidad de carismas y de estilos educativos que hay en este modelo excelente de escuela, es fruto de una larga historia de presencia cristiana que se ha concretado en congregaciones, órdenes, y asociaciones, especialmente atentas a la educación de los niños. Desde entonces, los tiempos han cambiado, y muchas necesidades de orden social que atendían son hoy competencia del Estado. Con todo, la escuela cristiana sigue teniendo un papel decisivo en nuestro país, no sólo porque está dando respuesta a situaciones de gran vulnerabilidad, sino también porque irradia una cosmovisión y un estilo de vida que es valioso en sí mismo, porque partiendo de los fundamentos cristianos persigue enviar unos fuertes valores de servicio, solidaridad y respeto.

En más de una ocasión se pone en cuestión la legitimidad de esta propuesta educativa, incluso, se considera que es anacrónica y obsoleta. Hay una serie de tópicos, que no responden a la realidad, porque hay abundancia de referencias empíricas, que indica su valiosa aportación educativa.

Se afirma, en ocasiones que es una escuela elitista, cuando la escuela cristiana se extiende por todo tipo de barrio, y todavía lo haría mucho más si el concierto aportara los mismos recursos por alumno que los que dispone la escuela pública. Hay tendencias ideológicas, con bastante política en nuestro país que querrían su lenta o veloz extinción, negando el derecho constitucional de los padres y a pesar de unos resultados educativos de primer nivel para un país que los necesita porque vive inmerso en verdadera emergencia educativa. La escuela cristiana juega un papel clave en la formación integral de los niños y de los jóvenes de nuestro país y hace falta que esté con pleno vigor.

Algunos afirman, también, que es un foco de adoctrinamiento de las conciencias. En realidad no hay educación neutral porque en toda propuesta educativa subsiste una comprensión, implícita o explícita, del ser humano, de su lugar en el mundo y de su destino. El sistema educativo vigente no es neutro axiológicamente. Transmite unos determinados valores y contenidos y en todo caso lo que hace falta es valorar su idoneidad.

La escuela cristiana no esconde, ni puede esconder sus presupuestos antropológicos y su propuesta moral tiene que ser capaz de ofrecerla con revocabilidad y verosimilitud a las generaciones más jóvenes, teniendo en cuenta su nivel cognitivo y su estado de desarrollo psicológico. Se trata de una cuestión de honestidad institucional y de fidelidad al Evangelio, su fuente de inspiración.

El Estado tiene el deber de garantizar que todo ciudadano reciba una educación de calidad, garantizar el máximo de equidad, así como el derechos constitucionales de los padres a de escoger qué educación quieren dar a sus hijos, teniendo en cuenta su sensibilidad moral y religiosa.

Para desarrollar su misión, la escuela cristiana necesita un marco de autonomía y económico que le permita poder enseñar según su propio ideario. Un sistema de concierto equivalente al del ámbito sanitario que tantos buenos resultados aporta por la salud de la población.

La escuela cristiana está ubicada en entornos muy diferentes, tanto en el ámbito rural como urbano, tanto en contextos de confort y bienestar material, como en ámbitos de gran vulnerabilidad social y económica. El elitismo es incompatible con la ética del Evangelio que parte de la dignidad sublime de toda persona y de la opción preferencial por los más débiles.

En este contexto cultural, entendemos que a la escuela cristiana le corresponde irradiar su identidad y sus valores en el mundo, sin complejos y miedo, singularizar la propuesta educativa que hace y persuadiendo a la ciudadanía del valor de que tiene la cosmovisión que presenta. Eso exige audacia y coherencia y luchar contra la moral del repliegue. Sacar en las fuentes de inspiración y traducirlas en el lenguaje actual es un desafío de primer orden que exige, a la vez, imaginación y memoria.