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Cuando el cardenal Jorge Mario Bergoglio fue elegido Papa, algunos periodistas me preguntaron si estaba especialmente contento por el hecho de que el nuevo Obispo de Roma fuera un religioso, en concreto un jesuita. Contesté que no. Por una razón: no entra en el espacio eclesial de la vida consagrada la aspiración al Papado. Lo considero como una excepción a la norma. Como tal, me parece excelente que si el bien general de la Iglesia requiere de sus servicios, se preste generosamente por obediencia a la tarea. Tiene que haber un motivo muy poderoso para que se deje el espacio propio. Algunas congregaciones, la Compañía de Jesús incluida, lo tienen claramente especificado en sus Constituciones. La función profética así lo exige. No me extraña que, desde su óptica de religioso, el papa Francisco denuncie con tanta nitidez la vanidad y la ambición: «El carrerismo es una lepra, ¡es una lepra!» El mensaje a los diplomáticos del Vaticano no deja lugar a dudas: «No tienen que estar obsesionados por los ascensos sino por servir a las personas.» La dimensión institucional tiene este riesgo. Hay que atajarlo sin concesiones.
 
El día 2 de febrero, como cada año, se celebra la Jornada Mundial de la Vida Consagrada. El lema de este año es: «La alegría del Evangelio en la vida consagrada.» La aportación eclesial de la vida religiosa consiste en vivir a fondo estas palabras de Jesús: «Todos vosotros sois hermanos» (Mt 23,8). La fraternidad. Las comunidades religiosas se forman con personas que no se eligen entre sí. El fundamento de su estilo de vida es Jesucristo, que les da la cohesión y el sentido último. Representa una llamada a anticipar el valor escatológico de la fraternidad. De ahí que haya un impulso más radical a favor de los pobres y marginados, porque una fraternidad que tuviera excepciones no tiene consistencia. 
 
Hay quien afirma que los laicos pueden hacer lo mismo que una religiosa o un religioso. En parte es verdad. Pueden hacer lo mismo, incluso mejor, pero no les corresponde ocupar el espacio eclesial propio de los religiosos, porque atañe al ser y a la vocación. Habrá más o menos personas consagradas, los números han oscilado a lo largo de la historia, pero su espacio eclesial responde a un proyecto divino: «La vida consagrada nunca podrá faltar ni morir en la Iglesia: fue querida por el propio Jesús como parcela irremovible de su Iglesia» (Benedicto XVI, 5 noviembre 2010). La tareas educativas, hospitalarias y sociales son importantes, pero no determinantes. En su esencia, la vida consagrada queda resumida en los versos de san Juan de la Cruz: «Ya no guardo ganado, ni ya tengo otro oficio, que ya sólo en amar es mi ejercicio.» Se abandona la prioridad de la tarea y de la conquista, de la preocupación: «Ya no guardo.» Su vocación se descubre en el amor: «Ya sólo en amar es mi ejercicio.»