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(Jordi Llisterri –CR) La elección de un nuevo abad de Montserrat tiene una proyección que casi no tiene otro nombramiento eclesiástico en Cataluña. Mediáticamente, social e incluso espiritualmente para muchos, el abad de Montserrat es el obispo de Cataluña, aunque no lo es, ni se considera a sí mismo. Entre otras cosas, porque eclesiásticamente no hay figura de obispo de Cataluña.

El abad de Montserrat es "sólo" responsable y la cara visible de uno de los muchos monasterios de Cataluña o del mundo. Estrictamente hablando, el abad sólo representa a sesenta monjes de Montserrat y no a la Iglesia catalana. Y tampoco es obispo. Al igual que otros abades, tiene el "privilegio" de poder usar escamas y mitra en los actos litúrgicos. Y un precedente en las celebraciones que le confunde con un obispo, pero no lo es. No es nombrado por el Papa ni ordenado obispo, ni tiene la responsabilidad de gobernar dentro de un territorio.

Pero la historia milenaria de la Abadía y sobre todo el protagonismo de Montserrat en los momentos políticos más complejos del siglo pasado en Cataluña han investido al abad en este aura de representante de la Iglesia catalana. En muchas ocasiones, especialmente durante el franquismo, Montserrat ha sido la voz y el liderazgo de la Iglesia que los obispos impuestos por el régimen de Cataluña no ejercieron. El ejemplo que todos tienen en mente son las declaraciones de 1963 del abad Aurelius M. Escarré en el periódico francés Le Monde. Por primera vez, un representante de la Iglesia criticó al régimen dictatorial que según el discurso oficial se había "levantado" en 1936 para defender a los católicos. Es una muestra de los muchos momentos en los que la libertad espiritual de la que goza un abad le ha permitido alzar la voz cuando ha sido necesario defender los derechos y libertades pisados o la lengua y cultura catalanas.

Las declaraciones de Escarré y su exilio son la parte más visible y mítica de este perfil del abad de Montserrat. Pero la historia es más profunda y viene de más lejos.

 

Peregrinos y reconstructores

Durante siglos la irradiación de la Moreneta ha convertido a Montserrat en un lugar de peregrinación internacional, más allá del poder territorial de cualquier monasterio medieval. El Libro Rojo de Montserrat del siglo 14 es un claro testimonio. Tampoco es casualidad que San Ignacio completara su peregrinación interior hace 500 años a Montserrat. Y el nombre de la montaña santa se extiende por toda la geografía de los países de misión. Su actividad editorial y su impresionante biblioteca también hacen de la abadía un punto focal de irradiación e influencia cultural esencial en el mapa europeo.

Pero el giro de Montserrat como símbolo nacional ocurre después de la Guerra Francesa a principios del siglo 19, paralelamente al Renacimiento. La destrucción total del Santuario da paso a grandes nombres conocidos como los abades restauradores. Muntadas, Deàs Marcet son algunos de estos abades que conforman el santuario tal y como lo conocemos hoy en día.

Una dimensión menos conocida fuera de la Iglesia, pero no menos relevante, es la irradiación litúrgica de Montserrat. El Concilio Vaticano II selló a mediados del siglo XX la renovación total del sentido y las formas de la liturgia católica, pero reflejó los movimientos de renovación que habían estado en marcha durante décadas. Y en Europa en este movimiento Montserrat era una líder. El Congreso Litúrgico de Montserrat en 1915 es el exponente más visible.

Un detalle que puede parecer irrelevante, pero que tras la Guerra Civil es uno de los pocos centros que lucha por mantener la pronunciación romana del latín frente a la tradición castellana que el régimen franquista quiso imponer. Este conocimiento y modernidad y el hecho de que sea un centro de peregrinación, acaba haciendo de Montserrat la referencia que marca el patrón en la forma de celebrar la liturgia en toda Cataluña. Muchas de las canciones que hoy se cantan en misa en las parroquias catalanas salen de Montserrat.

Obviamente la dimensión musical también es muy relevante en la irradiación de Montserrat. La misión principal de la Escolanía es sostener la liturgia del monasterio, durante años también ha sido un referente en la formación musical y uno de los coros más reconocidos del mundo.

 

Los abades de Cataluña

Todos estos factores se unen en las últimas generaciones y hacen del abad de Montserrat el referente que es hoy en día. Los abades Escarré (1941-1961), Gabriel M. Brasó (1961-68), Cassià M. Just (1966-89) y Sebastià M. Bardolet (1989-2000), en diversos momentos políticos, desempeñan este papel.

La presencia de Montserrat en Roma también ha sido decisiva en los últimos tiempos. El cardenal Anselmo Albareda es quizás el ejemplo más notorio. Su influencia en Roma le convierte en una fuente esencial de información sobre el perfil de la Iglesia catalana y da a Juan XXIII y Pablo VI las claves para entender lo que está sucediendo en el país y lo que demandan los católicos catalanes.

A partir de esta última etapa contemporánea se conoce y documenta mejor todo el apoyo dado por los abades de Montserrat en la defensa de la lengua y cómo Montserrat se convierte en un factor transversal de acogida y promoción de los sectores antifranquistas. Montserrat es esencial para ganar la democracia y recuperar el autogobierno, y su rostro visible es el abad. Pero mucho antes de las declaraciones de Escarré o del cierre de intelectuales en 1970, Montserrat había sido decisiva como centro de reconciliación, especialmente desde 1947 con los actos de Entronización de la Virgen María. Es la primera vez que el catalán se utiliza públicamente y en la que no se habla de ganadores y perdedores tras la Guerra Civil. Montserrat contradice el discurso del nacionalcatolicismo.

La democracia lleva a Montserrat a tener un perfil público más bajo en la esfera sociopolítica. También porque coincide con una nueva generación de obispos catalanes postconciliares que ya asumen este papel. En este momento en que también hay un proceso de revisión eclesiástica del Vaticano II, Montserrat cobra más protagonismo como representante de los sectores más abiertos del catolicismo. Sin hacer sangre ni choques directos con la jerarquía, surgen voces montserratas como el abad emérito Cassià cuestionando algunos puntos de la doctrina de los temas sexuales o el abad Bardolet planteando estas cuestiones dentro de la Diputación. De una manera más fina, el abad Soler se presenta como un montiniano (el Papa Pablo VI que culminó en el Concilio) y admirador de un maestro que tuvo cuando fue a la escuela, el obispo Pere Casaldàliga.

Finalmente, en los primeros años de autonomía, se instaló un discurso mediático que pintaba a Montserrat como el monasterio convergente y a Poblet como el socialista. Un estereotipo que saltó en el aire con el proceso. También en este último momento político desde Montserrat se han dicho cosas que no se han dicho desde otras instancias eclesiásticas y el abad Soler es uno de los representantes eclesiásticos que visita a los presos independentistas.

Pero más allá del uso político del monasterio, Montserrat ha mantenido hasta ahora el prestigio social durante una larga nómina de monjes líderes en su campo cultural o científico. Nombres que van desde el pionero en arqueología Bonaventura Ubach a principios del siglo 20, hasta tener hoy entre sus monjes un Premio de Honor de las Letras Catalanas. Vilanova, Duch, Raguer, Laplana, Massot... son nombres esenciales en su campo de cultura de trabajo. Y Soler como abad ha querido mantener viva esta tradición cultural y potenciarla ante el milenio del Monasterio que se celebrará en 2025.

El abad de Montserrat se ha ganado la representación que tiene dentro y fuera del mundo eclesiástico porque en todo momento ha podido escuchar y exponer lo que "el pueblo fiel" exigía. El abad Manel Gasch será el abad del milenario.