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Ya que a san Fructuoso no le podemos encomendar la vista, al menos encomendémosle los obispos que vendrán. Hagámoslo este 21 de enero, día del martirio de San Fructuoso. Es de esperar que al relevo de Barcelona le quede más de un año y, por tanto, posiblemente, el próximo nuevo obispo nombrado en Cataluña será el de Tortosa.

Sea dicho de antemano que, en este tema, siempre nos movemos más en el terreno de la especulación que de las certezas. Si hace diez años alguien hubiera escrito que un profesor de Navarra sería el próximo obispo de Tarragona, lo habríamos tachado de indocumentado. Y si además hubiera dicho que no se estrellaría y que incluso nos parecería bien que después viniera a Barcelona -ahora bastante improbable acercándose a los 70 años- tambien lo habríamos quemado en la hoguera.

El relevo de Tortosa nos puede dar alguna pista de cómo irán las cosas, pero tampoco mucho. Los circuitos que se siguen en el nombramiento de una diócesis como Tortosa no son los mismos que los de una sede cardenalicia, donde hay muchos más actores jugando sus cartas.

En el ámbito de las sorpresas, tampoco debería descartarse que el movimiento episcopal en Tortosa sirviera para recortar de nuevo la Tarraconense, limitando el obispado al territorio administrativo de Cataluña, como ya se hizo con la Franja de Ponent en Lleida en 1995. Curiosamente, hacer coincidir los límites civiles con los eclesiásticos es un principio que casi sólo se ha aplicado en Cataluña y no en otros lugares de España que lo han pedido con insistencia.

Por tanto, pidamos a san Fructuoso que por ahora conserve Tortosa. No es momento de hacer mudanzas a la espera de si realmente terminan cambiando los mapas políticos. Y, en todo caso, debería afrontarse con una reformulación más amplia del mapa de las diócesis catalanas, y por consenso, no por decreto nuncial como la división de Barcelona.

Y, a la espera de Tortosa, ahora sí que se van calentando motores para Barcelona. Es el tema fuerte y determinante sobre el mapa de la Iglesia en Cataluña de los próximos veinte años.

Este lunes me recordaban que ni Don Marcelo quería a Jubany, ni Jubany a Carles, ni Carles a Sistach, ni Sistach a... Es decir, que en Barcelona parece que se ha establecido como maldición que el obispo sucesor parezca puesto para desmontar la obra de su antecesor. Una especie de mudanza permanente que no lleva a ninguna parte.

De momento, ya han empezado a sonar algunos nombres en esta línea, como el del cardenal Antonio Cañizares y el del obispo de Ibiza, Vicente Juan. Otra vez la vía valenciana -aunque creo recordar que Cañizares es de la zona de Valencia sonde sólo se habla castellano.

Me dicen que todo está todavía un poco verde. Pero al menos esto puede servir para que viendo el panorama, quien realmente pueda hacer algo para asegurar un buen relevo en Barcelona -que no somos los periodistas- que lo haga.