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Pentecostés. Ciclo A
Barcelona, ​​8 de junio de 2014

Los hebreos se hacían una idea muy bonita y real del misterio de la vida.
Así describe la creación del hombre un relato del siglo IX antes de Cristo: "Entonces el Señor Dios formó al hombre con polvo de la tierra. Le infundió el aliento de la vida y el hombre se convirtió en un ser vivo."
Es lo que nos dice la experiencia. El ser humano es polvo. En cualquier momento se puede hundir.
¿Cómo podemos caminar con unos pies de polvo?
¿Cómo podemos ver la vida con ojos de polvo?
¿Cómo podemos estimar con un corazón de polvo?
Sin embargo, ¡este polvo vivo! En su interior hay un aliento que le hace vivir. Es el aliento de Dios.

Sin el Espíritu de Jesús, la Iglesia es polvo sin vida

 

Es el momento culminante de Jesús Resucitado. Según el relato, el nacimiento de la Iglesia es una nueva creación. Cuando envió a sus discípulos, Jesús "sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo."
Sin el Espíritu de Jesús, la Iglesia es polvo sin vida: una comunidad incapaz de introducir:
– esperanza
– consuelo
– y vida en el mundo.

 

Puede pronunciar palabras sublimes y no comunicar nada de Dios en los corazones de la gente.
Puede hablar con seguridad y firmeza y no afianzar la fe de las personas.
¿De dónde puede sacar esperanza sino es del aliento de Jesús?
¿Cómo popodrá defenderse de la muerte sin el Espíritu del Resucitado?

Sin el Espíritu creador de Jesús, en la Iglesia podemos terminar todos creyendo lo mismo pero sin ánimo, sin ningún impulso creador, sin la fuerza renovadora.
Debemos invocar el Santo Espíritu y hacerlo constantemente para que nos libere
– del miedo
– de la cobardía
– de la mediocridad
– de la rutina
– de la falta de fe.

No debemos excusarnos mirando qué hacen o no hacen los demás.
Debemos abrir cada uno nuestro propio corazón para que el Espíritu de Dios pueda entrar, iluminarlo y regenerarlo. Sólo así mejoraremos integralmente y seremos óptimos testigos de la fe cristiana.