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El papa Francisco no se ha lavado las manos. Ha deseado convertirse en «intéprete del grito que, con creciente angustia, se levanta en todas las partes de la tierra, en todos los pueblos, en cada corazón, en la única gran familia que es la humanidad: ¡el grito de la paz!» (1 de septiembre). Propuso una jornada de ayuno y oración por la paz en Siria, en Oriente Próximo y en el mundo entero, que se ha llevado a cabo el día 7 de septiembre. 
 
Si la escalada de violencia crece en el mismo nivel que aumenta la oposición del Papa a la guerra, será interesante observar si se producen represalias sobre su figura o sobre la Iglesia católica. Cuando el papa Juan Pablo II se opuso rotundamente a la guerra de Irak, propulsada por Bush, acompañada por sus acólitos Blair y Aznar y escenificada en la cumbre de las Azores, empezaron a circular los dossiers sobre la pederastia, que dormían amenazantes en los estantes de los servicios de inteligencia norteamericanos. Se resucitaron casos de los años 60 y 70… Para anular el mensaje, era necesario desprestigiar a los mensajeros. Como había grandes dosis de verdad en esos informes, la Iglesia quedó totalmente salpicada. Doloroso, muy doloroso, pensando especialmente en las víctimas. El foco mediático se concentró en la Iglesia católica, dejando en la penumbra a otras muchas instituciones, lo cual no beneficia a las víctimas. No hubo transparencia en la Iglesia cuando se produjeron los casos, pero tampoco la hubo en quien tenía los informes y esperó hacerlos públicos cuando se vieran beneficiados sus intereses, sin pensar en el bien de las víctimas. La purificación que ha supuesto afrontar la verdad representa un gran bien para la Iglesia y actualmente las medidas son drásticas y fulminantes. Basta ver que en la primera parte del web del Vaticano aparece un icono con este título: «Abusos contra menores. La respuesta de la Iglesia.»
 
El Papa grita a favor de la paz, aun cuando pueda incomodar al poderoso Obama y a los intereses mezquinos que promueven la guerra. Si sufre represalias, habrá que afrontarlas, pero no debe callar. Su diagnóstico es certero: «También hay “violencia, división, rivalidad, guerra”. Esto se produce cuando el hombre, vértice de la creación, pierde de vista el horizonte de belleza y de bondad, y se cierra en su propio egoísmo. Cuando el hombre piensa sólo en sí mismo, en sus propios intereses y se pone en el centro, cuando se deja fascinar por los ídolos del dominio y del poder, cuando se pone en el lugar de Dios, entonces altera todas las relaciones, arruina todo; y abre la puerta a la violencia, a la indiferencia, al enfrentamiento» (Vigilia de oración por la paz, 7 de septiembre).
 
La pregunta fundamental que recorre toda la historia: «¿Dónde está Abel, tu hermano?» Vivir el proyecto de Dios en la historia y aceptar las propuestas del evangelio constituye el núcleo de la auténtica revolución del amor. La guerra es su antítesis. La paz, su fruto.