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(Jaume Pujol, arzobispo de Tarragona) Con gran satisfacción, la Iglesia vive este domingo la canonización de dos papas de la segunda mitad del siglo XX, Juan XXIII, que tuvo un pontificado de solo cinco años, pero de una importancia enorme, y Juan Pablo II, que gobernó la Iglesia durante 27 años hasta introducirla en el segundo milenio y que, gracias a sus viajes y popularidad, fue la persona más vista directamente de toda la historia.

Nunca el papado gozó de tanto prestigio como en el último siglo. De Francisco, el Papa actual, se ha dicho que tiene características que le asemejan a los dos que hoy va a declarar santos: una profunda vida espiritual, una cercanía muy grande a las personas y la confianza en la misericordia de Dios.

Cuando Juan XXIII anunció el Concilio Vaticano II, puso énfasis en que la Iglesia no está para condenar sino para ayudar a la salvación, y ello a través de la misericordia. En este sentido Juan Pablo II dedicó una encíclica a la Misericordia y estableció la fiesta de la Divina Misericordia el segundo domingo de Pascua. Precisamente su canonización y la de Juan XXIII se celebran en esta nueva festividad, nacida de las revelaciones que tuvo la monja polaca Faustina Kowalska. La doble canonización coincide también con la fiesta de la Mare de Déu de Montserrat, santuario que quiso visitar el papa Wojtyla en su primer viaje a España en 1982. Esta coincidencia nos puede llevar a considerar la devoción mariana que tenía el papa polaco, como todos sus predecesores, y a rezar a nuestra entrañable Moreneta para que el futuro de Catalunya, con sus incertidumbres, tenga siempre como norte la paz y la fraternidad entre sus gentes.

Los santos son los grandes benefactores que produce la historia. Lo que hace la Iglesia es ponerles de ejemplo a la vez que invita a tomarles como intercesores delante de Dios. Que Juan XXIII y Juan Pablo II, que tan bien conocieron nuestro tiempo, nos ayuden.

Finalmente hay aún otra coincidencia este domingo, tan menor que he dudado en mencionarla: este escrito «A los Cuatro Vientos» es el número 500. Desde el primer día como arzobispo he ofrecido una reflexión semanal que espero sea tomada como una expansión del corazón, a modo de mi bendición para todos. Que la Virgen y los santos nos acompañen.

Carta dominical del 27 de abril de 2014