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El año que nací dejaron de hacer procesiones en mi ciudad. Toda mi formación católica ha sido aliñada de canciones adaptadas primero por Joan Soler Amigó y después por Xavier Morlans y no he oído decir nunca misa en latín ni he rezado un rosario. En mi parroquia, además de charlas magníficas para tratar de entender de qué va esto de la fe, las he podido oir sobre sexualidad, los jóvenes, el tercer mundo o la paz mundial. Con los jóvenes de la parroquia hice muchas actividades y viajes a lugares inimaginables para un adolescente de entonces. También me gustan las capillas diáfanas de Tadao Ando y me molesta el "horror vacui" de imaginería a nuestros templos. Y soy suscriptor de Foc Nou.

En este ambiente postconciliar hard, comprenderéis perfectamente que cuando aparecieron los primeros síntomas de recuperación de las procesiones de Semana Santa parecieran una catástrofe. Aunque algunos lo tomaron de revancha -Dios les haya perdonado- hay que decir que, hoy, ni ha acompañado ningún tipo de regresión eclesial, este fenómeno, ni suscita las controversias de ese momento. El Espíritu Santo debe haber hecho mucho, pero también es cierto que no pocos trabajaron duro para llegar hasta aquí. Pienso en Joan Carrera, por ejemplo.

Yo, con el tiempo, he descubierto muchos valores detrás de las procesiones. Uno de ellos, el de la importancia de "participar" en el relato evangélico. Más allá de interpretar parábolas y los símbolos, incluso de ponerlos al servicio de la propia experiencia, me gusta la idea de "meterse dentro" del relato. El cristianismo es, de hecho, un relato, un nuevo relato sobre el mundo, que surge de una experiencia con nombres y apellidos que nos ha sido narrada. Y es a través de este relato, de la Palabra (o su hermana Imagen), como podemos reseguirla y nos puede impactar.

 

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(Artículo para la revista 'Fuego Nuevo'   - Abril-mayo 2014)