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Domingo 5º de Cuaresma. Ciclo A
Barcelona, ​​6 de abril de 2014

El tema central de este tema evangélico es la vida.
Es el triunfo de la vida sobre la muerte como efecto de un amor intenso.
Es el amor de un amigo que ama tanto a Marta, a María y a Lázaro que no soporta su dolor, su pena, sus lágrimas.
Y se emociona y llora al palpar de cerca la ausencia del amigo fallecido.

La lección es clara: la humanidad de Jesús es fuente de vida.
Jesús fue una persona humana tan profundamente buena, fiel a la amistad, tan entrañable, que no pudo soportar el sufrimiento de sus amigos, posiblemente los amigos a los que más amó en esta vida.
Por ello devolvió la vida a Lázaro.

Estamos hablando de vida sin calificativos.
Las religiones y sus teologías no han cesado de poner adjetivos a la vida: la han calificado de "sobrenatural", "divina", "religiosa", "consagrada", "espiritual", "eterna"... Y las teologías han dado tanta importancia a los adjetivos, que, por ejemplo, en nombre de la vida eterna no han dudado en tomar la vida a mucha gente, asesinándolos. Esto es lo que han hecho –y aún lo hacen– los religiosos fanáticos.
¿Puede haber aberración más grande?
¿Puede haber una negación más brutal de Dios y del hombre?

No olvidemos que, el capítulo 11 del evangelio de San Juan, después del relato de Lázaro, termina a continuación con esta patética sentencia: "Ese día acordaron matar a Jesús." Juan 11,53.
Jesús da vida. Y vida eterna.
Aquella forma judía de entender y dirigir la religión:
– da muerte
– provoca muerte
– causa muerte.

Y la historia ha seguido.
La historia continúa.
La historia se repite.
Desde los inquisidores a los talibanes, pasando por todos los que por motivos religiosos amargan la vida de la gente, incluso son capaces de matar.

La actualidad del capítulo 11 de San Juan sigue siendo tan apasionante como dolorosa y criminal.