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Me decía una persona amiga que nosotros solo “rezamos a Jesusito” cuando somos pequeños. De mayores, lo vamos comprendiendo poco a poco y al mismo tiempo todo entero en la Cruz, dándose a nosotros. Contemplamos a Cristo en la Cruz y ya lo tenemos todo: se nos dado. Igualmente en la Eucaristía. Ahí está Jesús con nosotros y en nosotros. Todo esto muy bueno.

La Iglesia, en este tiempo de Navidad, nos ha hecho contemplar los distintos aspectos o puntos de mira del Misterio de Jesucristo. Ha sido un camino en el tiempo para meditar algunos misterios de la vida de Jesús: nacimiento, manifestación a los Magos, y bautismo de Cristo. Esto también es muy bueno.

Lo importante es que nosotros agradezcamos que Jesús es el que viene a nosotros, a nuestro tiempo, como Hijo de Dios desde la eternidad. Sin dejar el seno del Padre viene a nosotros y está en nosotros.

Hoy, contemplamos el bautismo de Cristo, después del nacimiento, de la maternidad de María y de la manifestación a los Magos…

¿Por qué se bautiza Cristo? Para hacer visible en la tierra y en el tiempo el Bautismo eterno que tiene lugar en el cielo. Es decir para mostrarnos que el Padre ama a la Palabra como Hijo suyo que es y lo ha ungido con el Espíritu Santo como Mesías, para que él nos unja a nosotros. Efectivamente, este Bautismo eterno en el cielo se realiza en Jesús, en el Jordán, para que nos bauticemos nosotros con Él y podamos estar siempre en Él.