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Cuando recibí la noticia de tu renuncia como guía supremo de la Iglesia, quedé anonadado. Temía que algún día las circunstancias te movieran a tomar esta decisión, pero no precisamente ahora. Porque me parecía que precisamente ahora tú eras más necesario que nunca. Yo esperaba con ilusión la publicación de la encíclica sobre la fe que preparabas desde hace meses, también deseaba que no tardaras a redactar la exhortación apostólica con la que pondrías punto final a los trabajos de la reciente Asamblea General del Sínodo de los Obispos sobre la nueva evangelización, y cada miércoles leía con devoción filial tu catequesis correspondiente al Año de la fe. Es decir, lo que no esperaba era que precisamente ahora adoptases la decisión de dejar paso a un nuevo Papa que asumiese las tareas que tú tenías entre manos y que día tras día reclamaban tu atención pastoral.

Sin embargo, cuando después tuve la oportunidad de conocer los motivos que te habían movido a adoptar esta decisión, mi admiración por tu gesto fue plena, de tal modo que estoy firmemente convencido de que sólo tu amor a la Iglesia y tu afán de servirla hasta el final han justificado el paso que has dado con tanta dignidad. Es más, ahora no tengo duda alguna de que tu renuncia ha sido la mejor opción posible. Porque si tú hubieses creído que había otra opción posible, ésta sería la que tú habrías preferido.

Por todo ello, me ha dolido mucho que haya habido personas que, porque no te conocen ‒y por eso mismo no te aman‒, hayan querido aprovechar estas circunstancias para hablar mal de la Iglesia y de tu gestión como sucesor del apóstol Pedro. Este hecho te habrá acercado más a Cristo, porque te habrá hecho más semejante a él, que siempre ha sido tu modelo. Todos los santos han sido víctimas de incomprensiones, y tú no podías ser distinto, porque tú eres uno más de la larga hilera de los que han seguido a Jesús con radicalidad evangélica.

Ahora, pensando que mañana tu decisión ya se hará realidad, no puedo hacer más que manifestarte mi gratitud por todo lo que has hecho por la Iglesia y por lo que seguirás haciendo a partir de ahora. Y, videntemente, agradezco a Dios el regalo de tu vida y de tu bondad. ¡Gracias, Padre bueno!