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Las realidades cotidianas, a menudo, pasan inadvertidas. También los textos que se leen diariamente corren el riesgo de perder la fuerza de su impacto. Sucede lo mismo con el signo de la cruz, que se transforma en distintivo de pertenencia e incluso en objeto de arte, elaborado con materiales nobles y piedras preciosas. La crudeza original se diluye con el tiempo y su mensaje también. Jesús crucificado nos habla de fidelidad al anuncio del evangelio, de coraje ante las fuerzas que quieren acallarlo, de denuncia de los poderes que dañan a las personas y a la sociedad, de obediencia a la voluntad del Padre llevada hasta el extremo de perder su propia vida, del resultado de una sentencia injusta… La liturgia de las horas incluye cada día al final de vísperas un cántico, extraído del evangelio según san Lucas 1,46-55). Se trata del Magnificat, puesto en boca de María de Nazaret, la madre de Jesús. Su figura se ha idealizado tanto que nos hemos alejado del sentido original. Su aportación es un canto al gozo, a la fe en Dios, a la humildad, a la misericordia divina, pero no sólo esto. Apunta de manera profética y revolucionaria a desactivar las fuerzas del poder, del dinero y del prestigio. La acción de Dios “dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.”
 
La situación actual es una glosa al Magnificat. La perversión de los valores, llevada a cabo por los poderosos y soberbios, especialmente en el mundo occidental, nos ha abocado a una situación gravemente conflictiva. Son numerosos los jefes de gobierno que han sido derribados de sus tronos en las elecciones generales de muchos países. El mundo financiero se ha desmoronado y los ricos que especulaban con el ladrillo y la construcción tienen miles de pisos vacíos. El sistema intenta protegerse y, en vez de pedir responsabilidades, deja ir a los causantes permitiéndoles sustanciosas indemnizaciones. Pero los humildes están tejiendo un discurso que frena la impunidad de quienes tendrían que afrontar un juicio imparcial. Sus propuestas de cambio, a partir de la indignación de ver sufrir a los hambrientos, empiezan a encontrar eco en la sociedad. Los soberbios de corazón han pensado que podían disponer del mundo a su antojo. Los poderosos son observados con lupa e incluso tienen que pedir disculpas por acudir a cacerías en tiempos de austeridad. La corrupción de quienes son considerados servidores públicos no puede permanecer por más tiempo oculta a los ojos de todos. Ahora sale a luz y se piden responsabilidades a sus autores. Las resistencias no son pocas, pero la constancia de la denuncia va haciendo mella en la coraza defensora de lo indefendible.
 
Es el tiempo de los pobres, los humildes, los hambrientos… Sin venganza, pero con justicia. Sin violencia, pero con la papeleta democrática del voto en su mano. Sin fatalismo, pero con esperanza de que otro mundo es posible. Sin silencio, pero con una voz que denuncie las injusticias y defienda a los oprimidos. La misericordia de Dios llega a través de cada persona que vive la solidaridad con los más necesitados. No llueve del cielo sino que se transmite a través de la vida de las personas comprometidas.
 
Cabe rezar el Magnificat con fe y convicción, como María de Nazaret, sin pasar por alto los fragmentos de un texto que sigue siendo profético y revolucionario. No es una plegaria azucarada sino una propuesta valiente de vivir la fe desde el amor y el compromiso social.