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(Victoria Molins) El domingo es el día que puedo disfrutar de una lectura pausada del periódico, algo que los demás días de la semana no me es posible. Después de unas cuantas páginas que me encienden la sangre y de leer las sandeces de la Cospedal, equiparando los escraches o legítimas protestas de la gente indignada, aunque quizás no sean las más adecuadas, paso página y, de repente, me encuentro con una alegría. Y me la da, como últimamente lo está haciendo, el Obispo de Roma, nuestro hermano Francisco. Un primer paso en la tan deseada reforma de la Curia. Poco a poco, con una prudencia necesaria, pero sin pausa, nuestro querido Francisco comienza a darnos un poco de esperanza en medio de tantos desencantos.

Ya hace tiempo que se venía hablando de una mayor colegialidad -nada menos que desde el Concilio Vaticano II-, pero ahora se empiezan a dar pasos. Acaba de nombrar un "grupo" -no ha querido hablar de "comisión" para no herir demasiado las sensibilidades- para que le asesore en el gobierno de la Iglesia. Una especie de consenso entre los Cardenales (no sabemos cuando terminará esta jerarquía no apostólica) y los Obispos del mundo. No deja de ser una esperanza, ver que quiere escuchar la voz de la Iglesia en las diferentes partes del mundo. Como también es una esperanza las palabras que todavía resuenan en los oídos de muchos de nosotros: "Como me gustaría ver una Iglesia pobre y para los pobres".

No me extraña que el portavoz del Vaticano, el padre Lombardi, haya puesto mucho énfasis en asegurar que, de momento, se queda el cardenal Bertone y que esta decisión no supone un intento de marginar a la Curia... El tiempo nos irá diciendo.

De momento estas chispas de esperanza nos hacen bien. Al menos a los que, por naturaleza, somos optimistas.