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(Jordi Llisterri - CR) El presidente de Unió de Religiosos de Catalunya, Màxim Muñoz, abrió la asamblea general de la URC de este año con  una reflexión plenamente actual sobre la situación que vive el país. Muñoz recordó que los religiosos quieren "seguir siendo profetas para denunciar las causas de la pobreza, la exclusión y la fractura social y trabajar para erradicarlas". Por ello, apuntó que "quizá hay que decir de forma clara a quienes marcan las políticas que por aquí no vamos bien, y quizás conviene forzar de alguna manera a encontrar otros caminos que repartan con mayor equidad unos costes sociales tal elevados".

Al mismo tiempo, respecto a la cuestión nacional repasó la Doctrina Social de la Iglesia y del episcopado catalán sobre este aspecto que nos ayuda " a no situarnos en el terreno de las opciones políticas e ideológicas, sino  en el de los valores derivados de unas realidades antropológicas, culturales e históricas que llamamos pueblos o naciones ". En este aspeto concluyó que este magisterio "lo que pretende es preservar y promover unas realidades humanas, muy profundas y decisivas para la vida de las personas, que son fundamentales para construir la paz, la concordia y la justicia entre todos los pueblos de la tierra. Y, en negativo, cuando estos derechos no se preservan, aparte de cometer una injusticia, se está generando una situación de conflicto permanente que impide la pacífica colaboración de todos en el bien de la humanidad".

Esta reflexión la enmarcó en la celebración de los 50 años del Vaticano II, del Sínodo de los Obispos y del inicio del año de la fe. Unas celebraciones que se focalizan en la Nueva Evangelización, que se debe trabajar con "el mismo estilo que lo hace el Vaticano II, es decir un estilo de diálogo, con una mirada amorosa sobre el mundo ".

Como es habitual, el obispo de Vic, Romà Casanova, responsable de la relación con la vida religiosa de la Conferencia Episcopal Tarraconense, acompaña la URC en la asamblea y presidió la eucaristía que abrió el encuentro de este miércoles.

Aquí se puede ver un resumen de la intervención y leer el texto integro. En Horeb, el boletín de la URC, se puede ampliar la información sobre la asamblea.

Palabras introductorias de Màxim Muñoz, presidente de la Unió de Religiosos de Catalunya

Nuestra Asamblea se celebra en un contexto muy especial, tanto eclesial como socio-político. En el contexto eclesial debemos destacar un triple evento que tuvo en el jueves día 11 de octubre su momento culminante. En efecto ese día se celebraba el 50 aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, un acontecimiento que ha transformado profundamente la Iglesia y la vida religiosa. Por eso mismo fue el dia elegido por Benedicto XVI para iniciar también el Año de la Fe, convocado por su carta apostólica Porta fidei, y que durará hasta el 24 de noviembre de 2013, solemnidad de Cristo Rey. Y todo esto ocurre durante los primeros días de la celebración del Sínodo universal de Obispos convocado para tratar el tema "La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana".

Como cristianos y como religiosos y religiosas estamos invitados a vivir como una auténtica gracia este momento, que nos sitúa en el corazón mismo de lo que da sentido a nuestras vidas: la fe en Dios, "que tanto amó al mundo, que ha envió a su Hijo único para que todos tengan vida en abundancia "y la llamada a participar de esta misión con nuestro testimonio de vida y el anuncio del Evangelio, según el carisma de nuestras Congregaciones y Órdenes.

El Concilio, desde su visión de iglesia de comunión, de entrada situó la vida religiosa entre los dones y carismas que el Espíritu suscita en bien de todo el cuerpo y de su misión en el mundo y afirmó claramente que, aunque no pertenecen a la estructura jerárquica, "pertenece esencialmente a su vida y santidad" (LG, 44). Luego dedicó un documento específico ( Perfectae Caritatis ) en el que invitaba las Congregaciones y Órdenes a iniciar un camino de renovación de acuerdo con los nuevos tiempos e indicaba los criterios a seguir.

A partir de aquí se abrió un impresionante proceso de renovación que implicó a todos los miembros de las Órdenes y Congregaciones y que tuvo como máxima expresión los llamados "capítulos generales de renovación". Se revisaron a fondo los textos fundamentales (Reglas, Constituciones, Directorios, etc.), Haciéndolos mucho más ricos desde el punto de vista bíblico y carismático. Fueron fruto de todo un trabajo intenso de estudio y reflexión, de discernimiento, en comunidades, provincias y comisiones. Esto sólo ya era un fruto del Vaticano II: la corresponsabilidad y la participación de todos en el proceso de renovación. No es ahora el momento de hacer balance de todo este proceso. Desde la URC tenemos previsto dedicar algún acto durante este curso. Pero no hay duda de que, en su conjunto, a pesar de sus sombras (que también debemos reconocer) ha sido y sigue siendo una bendición de Dios para la vida religiosa. Tenemos muy claro, además, que el Concilio inició un camino de renovación y búsqueda que no es para hacerlo de una vez, sino continuamente.

Y hoy, al hacer esta conmemoración, no se trata tanto de ver cómo unos textos escritos hace cinco décadas pueden decir algo hoy, -aunque también lo pueden hacer-, sino cómo la Iglesia de hoy, que vive en un contexto muy diferente, puede leer también los signos de los tiempos y dar una respuesta significativa con el mismo estilo con que lo hizo el Vaticano II, es decir un estilo de diálogo, con una mirada amorosa sobre el mundo, un estilo que sabe conectar con las semillas del Verbo y las huellas del Espíritu y que busca los criterios de discernimiento en las fuentes más auténticas de la Palabra de Dios y la Tradición con mayúsculas.

Debemos pedir al Señor que la memoria y actualización del Concilio Vaticano II sea para toda la Iglesia el que el buen papa Juan XXIII quiso que fuera el mismo Concilio: "un soplo de aire fresco" que la ayude a situar Jesucristo en el centro de su vida y organización, y a ofrecerle a los hombres y mujeres de hoy, en actitud de diálogo y servicio .

En lo que respecta al año de la fe, al que nos ha invitado Benedicto XVI, no hay duda que conecta con una de las preocupaciones que tenemos también los religiosos y religiosas, y que hemos expresado de diversas maneras en nuestros últimos Capítulos Generales: necesitamos revitalizar nuestra experiencia teologal, para que realmente Jesucristo y el Evangelio sean el centro de nuestras vidas y superar una fe rutinaria o hecha sólo de prácticas externas, que se puede acercar peligrosamente a una especie de ateísmo práctico.

Precisamente por eso hemos querido que sea este el tema de reflexión de nuestra Asamblea, ayudados por el P. Pere Borràs.

Y finalmente el otro gran acontecimiento, plenamente vinculado al del cumpleaños del Concilio y al Año de la Fe, es el Sínodo sobre la nueva evangelización para la transmisión de la fe. La Iglesia, especialmente la que vive en los países de cultura occidental, es bien consciente de los retos que nos plantea esta lejanía e indiferencia generales respecto de la fe, y queremos encontrar nuevos caminos de transmisión del Evangelio entre todos. Y en buena parte pasan por actualizar el espíritu del Vaticano II y por reavivar el fuego de la fe.  A los religiosos y religiosas estos retos nos tocan de lleno. El carisma de nuestros Fundadores y nuestra larga historia de misión en la vanguardia de la Iglesia nos estimulan y nos inspiran. Seguramente necesitaremos una actitud de más sencillez y apertura para no confiar en las propias fuerzas y dejarnos llevar por el Espíritu, que nos empuja a la novedad y a trabajar más juntos que nunca, en actitud siempre de diálogo y servicio. Podemos decir que, como religiosos y religiosas, hemos participado activamente en la preparación de este Sínodo, algunos de nuestros representantes están presentes, aportando nuestras experiencias y reflexiones. Después será el momento de colaborar con todo el pueblo de Dios para hacer germinar las semillas que se hayan sembrado.

Nuestra asamblea se celebra también en un contexto socio-político marcado por una grave crisis económica, que no parece tener salida, y por el impacto de la gran manifestación del 11 de septiembre. Como dicen nuestros Obispos "Hoy se han manifestado nuevos retos y aspiraciones, que afectan a la forma política concreta con que el pueblo de Cataluña debe articularse y cómo se quiere relacionar con los demás pueblos hermanos de España en el contexto europeo actual ".

Nos preguntamos cómo poder acompañar al pueblo al que pertenecemos y al que servimos en estos momentos tan importantes y complejos. ¿Cómo podemos ser portadores de paz, de diálogo, de respeto, de sensibilidad, de integración de las diversidades, teniendo como criterio fundamental la dignidad de todos, especialmente de los más débiles, como hijos e hijas de Dios, como hermanos y hermanas nuestros? ¿Cómo podemos ayudar a construir unas sociedades y unas organizaciones políticas y administrativas que respeten los derechos de las personas y de los pueblos y naciones que las integran y cooperen así a la paz y la concordia de todos los pueblos del mundo?

Ciertamente, como orientación de los momentos que vivimos, es conveniente recordar la doctrina social de la Iglesia, que nos ayuda a no situarnos en el terreno de las opciones políticas y ideológicas, sino de los valores derivados de unas realidades antropológicas, culturales e históricas que llamamos pueblos o naciones.

Afirma el n. 157 del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, titulado "Derechos de los pueblos y de las Naciones":

"El campo de los derechos del hombre se ha extendido a los derechos de los pueblos y de las Naciones, ya que« lo que es verdad para el hombre lo es también para los pueblos ». El Magisterio recuerda que el derecho internacional "se basa sobre el principio del igual respeto, por parte de los Estados, del derecho a la autodeterminación de cada pueblo y de su libre cooperación con miras al bien común superior de la humanidad », la paz se fundamenta no sólo en el respeto de los derechos del hombre, sino también en el de los derechos de los pueblos, particularmente el derecho a la independencia ...

"La Nación tiene« un derecho fundamental a la existencia », en la« propia lengua y cultura, mediante las cuales un pueblo expresa y promueve su "soberanía espiritual", "modelando su vida según las propias tradiciones, excluyendo, naturalmente, toda violación de los derechos humanos fundamentales y, en particular, la opresión de las minorías», y «construyendo el propio futuro proporcionando a las generaciones más jóvenes una educación adecuada ». El orden internacional exige un equilibrio entre particularidad y universalidad, a la realización de las cuales están llamadas todas las Naciones, para las que el primer deber sigue siendo el de vivir en paz, respeto y solidaridad con las demás Naciones ".

Los obispos con sede en Cataluña remiten a esta número del Compendio de doctrina social de la Iglesia en un párrafo de su documento "Raíces cristianas de Cataluña" (1985) que han reproducido textualmente en su documento posterior " Al servicio de nuestro pueblo "(2010):

"Como obispos de la Iglesia en Cataluña, encarnada en este pueblo, damos fe de la realidad nacional de Cataluña, modelada a lo largo de mil años de historia y también reclamamos para ella la aplicación de la doctrina del magisterio eclesial: los derechos y los valores culturales de las minorías étnicas dentro de un Estado, de los pueblos y de las naciones o nacionalidades, deben ser respetados y, incluso, promovidos por los Estados, los cuales de ningún modo pueden , según derecho y justicia, perseguirlos, destruirlos o asimilarlos a otra cultura mayoritaria. La existencia de la nación catalana exige una adecuada estructura jurídico-política que haga viable el ejercicio de los derechos mencionados. La forma concreta más apta para el reconocimiento de la nacionalidad, con sus valores y prerrogativas, corresponde directamente al ordenamiento civil ".

Estas afirmaciones no quieren constituir ninguna toma de postura política o ideológica para oponerse a otros o crear conflictos gratuitos. Lo que pretenden es preservar y promover unas realidades humanas, muy profundas y decisivas para la vida de las personas, que son fundamentales para construir la paz, la concordia y la justicia entre todos los pueblos de la tierra. Y, en negativo, cuando estos derechos no se preservan, aparte de cometer una injusticia, se está generando una situación de conflicto permanente que impide la pacífica colaboración de ​​todos en el bien de la humanidad.

A partir de estos principios es posible, en las diversas situaciones y contextos, como el nuestro, una gran variedad de opciones políticas e ideológicas igualmente legítimas, si son defendidas pacíficamente y democráticamente. Como afirman los Obispos de la Tarraconense en su declaración del 5 de octubre pasado, en referencia a las próximas elecciones al Parlament de Catalunya.

"Defendemos la legitimidad moral de todas las opciones políticas que se basen en el respeto de la dignidad inalienable de las personas y de los pueblos y que buscan con paciencia la paz y la justicia".

Indican también algunos principios importante a tener en cuenta

"Alentamos el camino del diálogo y el entendimiento entre todas las partes interesadas a fin de lograr soluciones justas y estables, que fomenten la solidaridad, exigencia directa de la fraternidad humana y cristiana [Cf.. Juan Pablo II, Carta Encíclica Sollicitudo Rei Socialista, 1987, nn. 38-40] El futuro de la sociedad catalana está íntimamente vinculado a su capacidad para integrar la diversidad que la configura. Un proceso que habrá de garantizar con la participación de todos, teniendo en cuenta los derechos y deberes que se derivan de la dignidad personal, y que debe permanecer abierto a los valores trascendentes, a ese plus de alma que ennoblece y fundamenta la acción política y social al servicio del hombre y de todo el hombre ".

Recogiendo estas iluminadoras orientaciones, creo que en estos momentos complejos y proclives a la confrontación agresiva, los cristianos y de forma especial los religiosos y religiosas, dentro mismo de nuestras comunidades y Congregaciones, debemos defender y promover la democracia, el diálogo, el respeto, la capacidad de ponerse en la piel del otro y la voluntad de acuerdo como formas de resolución de conflictos y rechazar toda actitud que se dirija a atizar la división social o que se base en el menosprecio a la verdad, la agresividad, la amenaza o, por supuesto, la violencia, vengan de donde vengan. Debemos recordar continuamente y practicar nosotros mismos que el deber de todos (especialmente de los gobernantes) es el de favorecer siempre el bien común. Y sobre todo debemos defender y promover, con actitudes y gestos bien concretos, la justicia social, los derechos humanos, la atención a los más vulnerables y el respeto de las minorías como base irrenunciable de cualquier solución política.

Como religiosos y religiosas, gracias precisamente al proceso de renovación que impulsó el Concilio Vaticano II, vivimos la fe encarnada en este pueblo al que servimos, y queremos hacer nuestros sus "gozos y esperanzas, tristezas y angustias", "sobre todo de los pobres y los que sufren ", buscando caminos imaginativos de lucha contra la pobreza, la exclusión, la fractura social. Pero también queremos seguir siendo profetas para denunciar las causas de estas situaciones y trabajar para erradicarlas. Ciertamente no es fácil encontrar salida a esta crisis (gobiernos de derechas y de izquierdas lo están intentando), pero estamos comprobando cada vez con más preocupación y angustia que la forma en que se pretende salir está llevando muchos colectivos, especialmente los más vulnerables, a situaciones límite, y quizás hay que decir de forma clara a quienes marcan las políticas que por aquí no vamos bien, y quizás conviene forzar de alguna manera a encontrar otros caminos que repartan con mayor equidad unos costes sociales tal elevados. Y queremos ser también profetas de esperanza porque creemos en Dios, y por eso mismo, creemos en la dignidad, la grandeza y las capacidades de la persona humana para construir otro estilo de sociedad, de economía, de política, de convivencia.

Estas son nuestras preocupaciones y anhelos en estos momentos complejos pero apasionantes. Confiamos a la oración ya la acción del Espíritu que crea comunión en la diversidad, y nos empuja a la construcción de la familia fraterna y solidaria que Dios quiere para todos sus hijos e hijas y para todos los pueblos de la tierra.

P. Máximo Muñoz Duran, cmf. Presidente de la URC. 17 de octubre de 2012