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Por Antoni Nello . Mié, 02/07/2014 - 22:33
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Misa en una residencia de personas mayores. Me toca, cíclicamente ofrecemos este servicio. Son misas especiales, entrañables, también agotadoras: las vivo como misa y como performance pues se trata de conectar lo mejor posible con una pequeña comunidad desigual, con personas extraviadas i otras con buena lucidez; y de hacerles llegar el amor de Dios, una palabra amiga, esperanza en el declive vital, sentido a vidas que se agotan. Debo decir que el personal de la institución ayuda y se deja pellizcar cuando les propongo una participación activa, con lecturas u oraciones.

Hay un personaje curioso, llamémosle Juan. La esposa del señor Juan está muy afectada por la vejez, en su silla de ruedas, la cabeza bastante perdida, adormecida. Le doy la comunión con una minúscula partícula de forma, para evitar que se atragante.

El señor Juan va siempre muy bien vestido, acompaña a su esposa con verdadera dedicación, me saluda con una amabilidad y agradecimiento exquisitos, se mantiene en una discreción muy educada. Pero no comulga. Nunca ha comulgado. Ya no me atrevo a planteárselo, tendrá sus motivos, religioso, tal vez morales, en cualquier caso y seguro muy respetables. Pero el señor Juan me parece un santo. Le admiro como a un santo. Seguramente es un hombre santo. De aquellos santos anónimos y desconocidos que no llenan ninguna plaza vaticana para ser elevados a la grandeza de la vida cristiana. Son los santos que me generan verdadera devoción, dado que los otros ya gozan de su reconocimiento.

Ayer no estaban en misa. Comencé sin el señor Juan y su esposa. Preocupado, tal vez había pasado alguna cosa que yo desconocía. Mientras leíamos las lecturas entraron. Mi corazón palpitó fuerte, contento por verles. Al terminar, con la discreción que le caracteriza y habiéndole manifestado mi preocupación al no verles, el Señor Juan se excusó: simplemente se habían retrasado. Y yo di gracias a Dios: me gusta verles, me gusta sentir este cariño y dedicación tan hondos del señor Juan hacia su esposa, de un san Juan desconocido que me inspira mucha devoción y me reconforta en mi sacerdocio.

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