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Me van a perdonar que me meta en política. Desde las últimas elecciones generales doy vueltas al tema católico durante el periodo electoral y, ahora, la reaparición de algunos personajes me lo refresca.

Por un lado, uno de los protagonistas de los últimos días de la campaña electoral fue un católico confeso, el ministro del Interior y cabeza de lista por Barcelona, ​​Jorge Fernández Díaz. Se debe valorar que desde su conversión nunca ha ocultado las convicciones religiosas. El problema es si esto debe traducirse en condecorar Vírgenes o en velar por las propiedades de la Obra Pía. Y el problema es si el modelo de lo que es un político católico se acerca a la actuación que ha tenido Interior durante su mandato ante la inmigración, y si lo que se rebela en las conversaciones filtradas con Daniel de Alfonso son precisamente un modelo de virtudes cristianas. Podríamos dejarlo en el "quién soy yo para juzgarlo", pero que el cabeza de lista con más fervor religioso represente este tipo de catolicismo no creo que nos haga ningún favor.

Por otro lado, curiosamente en esta campaña no tuvieron tanto predicamento las consignas anticlericales tipo derogar el Concordato (que todo el mundo sabe que ya no existe) o que la Iglesia pague el IBI (supongo que los oratorios islámico y los sindicatos, también). Quizá se explica también porque si algo brilló por su ausencia en esta campaña electoral fueron las propuestas. Pero precisamente por eso me llamó la atención la primera frase del candidato En Común Podem, Xavier Domènech, la noche del 26J. Es una anécdota comparada con los problemas del ministro pero relevante, porque es la única vez que apareció el hecho religioso en toda la noche. La primera frase -la primera!- para valorar los resultados es que ellos eran la alternativa al actual gobierno de la Generalitat que "financia escuelas del Opus mientras recorta en educación". Y lo repitió como un mantra en las diversas intervenciones en los medios de comunicación durante la noche electoral. Siempre como primera idea. Como es sabido, este es el principal problema del país y retirando el concierto educativo a las escuelas del Opus se garantizaría la calidad de la escuela pública para las próximas diez generaciones. Por lo menos.

Pues duele que parezca que lo máximo a lo que se pueda aspirar cuando la religión trasciende a la arena política sean estas dos caricaturas. Dignos de una mala versión de La vida de Brian. Que el que lleva la etiqueta de católico y que ahora se postula como embajador de España ante la Santa Sede sea unos de los ministros que más animadversiones genera, o que el que quiere presentarse como representante de las clases populares y del progreso social tenga que vivir de fantasmas de la época de la transición. Otras reflexiones más razonables tienen mucho menos espacio y visibilidad. Es vivir como en un bocadillo entre Domènech y Fernández Díaz, que creo que no nos representa. De Herodes a Pilato.