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A mí ya me perdonarán pero ha sido un poco agotador. Antes del acto de beatificación el tema era la fecha del 13 de octubre, demasiado cercana al 12, que ciertamente no era un acierto. Como finalmente el tema de la Hispanidad no distorsionó la ceremonia presidida por una imagen de la Virgen de Montserrat, fue el tema del perdón que debía pedir la Iglesia.

Y digo que ha sido agotador porque si en este tema hay parte de razones, muchas veces se han planteando desde un laicismo rancio, incluso desde dentro de la Iglesia.

Es decir: está claro que la Iglesia española debería reconocer más explícitamente su convivencia con un régimen totalitario como el franquismo. Es lo que olvidó el cardenal Angelo Amato en la homilía del domingo. Si quería hablar explícitamente de las desgracias que causaron los totalitarismos en España durante el siglo XX, tenía que hablar de todos, también de los totalitarismos que bendijo buena parte de la jerarquía española. Pero el eclipse de esta parte de la historia es un error que yo no atribuiría al italiano Amato, sino a los sectores de la Iglesia española que han explicado a Amato la historia de este país. Olvidando, por ejemplo, que el totalitarismo fascista también lo sufrió un sector de la Iglesia, especialmente en Cataluña, que tras ser perseguidos por católicos, fueron perseguidos por catalanistas o por demócratas.

La conferencia de Andrea Riccardi del viernes, dentro de los actos de las beatificaciones, iba en esta línea. Que el perdón nunca se pide ni se da en exceso. También muy recomendable, como siempre, la reflexión de Francesc Torralba. Dos aportaciones que, sobre todo por el tono, describen perfectamente la actitud de algunas criticas que ha recibido la beatificación.

Y es que tan cierta es la crítica que se puede hacer a la Iglesia, como que el reconociendo de unos mártires durante los años 30 no quita nada en el reconocimiento de otras víctimas. Y que no es necesario que, cada vez que la Iglesia organiza algo, sacar la lista de agravios contra la institución eclesial. Yo también tengo unos cuantos. Porque, francamente, la lista de argumentos de algunas de las plataformas que se han opuesto a las beatificaciones, son más una lista de tópicos que otra cosa. Sobre todo porque refleja la Iglesia hace 50 años o más, pero no la de hoy. Y todavía menos la realidad mayoritaria de la Iglesia catalana. El arzobispo Joan Enric Vives también lo explicaba bien el domingo.

Por ejemplo, llama la atención la proclama laicista desde Comisiones Obreras de Tarragona, que parece olvidar que el sindicato se fundó precisamente en una parròquia (que además era la mía cuando yo era pequeño). Esta plataforma tuvo su minuto de gloria en el TN del sábado, ya que incomprensiblemente la manifestación de unos pocos cientos de personas llenó más tiempo que las dos representaciones de la Pasión de San Fructuoso en el Tarraco Arena, realizadas por un colectivo de voluntarios más numeroso que los que se manifestaban, y que reunió a más de 3.000 personas en cada sesión.

Y creo que era noticia bien relevante, y también pasó desapercibida, que las pocas decenas de personas que se concentraron el jueves ante el arzobispado de Tarragona protestando por las beatificaciones, fueron recibidas sin ningún problema por el arzobispo Jaume Pujol (que merecería todo un artículo para hablar de cómo ha sufrido estos días). Visita que quedó recogida en la web oficial del arzobispado.

Resumiendo, que desde dentro de la Iglesia máxima exigencia en el reconocimiento de nuestros pecados y máximas consideraciones a los que se ha sentido agraviados, y con razón, por actitudes y acciones de la institución. Y ya he dicho con lo que creo que no se había afinado lo suficiente. Pero desde fuera tampoco es necesario que todo el día se nos diga qué no puede hacer la Iglesia

Muchas veces todo esto me deja la misma impresión que cuando los que se escandalizaban por los costes de seguridad de la Vía Catalana, después no preguntaban por los costes de las movilizaciones del 12 de octubre. O los que se escandalizan por los costes de los actos religiosos pero nunca dicen nada de los deportivos. Son sólo argumentos simples para titulares pero que sólo sirven para agitar al propio grupo y poner el dedo en el ojo de los demás.