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Las palabras resuenan con nitidez en el Centro Estudios de Sumaré, en Río de Janeiro, el domingo 28 de julio de 2013: «Los obispos han de ser hombres que no tengan psicología de príncipes.» Habla el papa Francisco a los obispos responsables del CELAM, que agrupa a las 22 Conferencias Episcopales de América Latina y el Caribe. Un auditorio excepcional. Lapsicología de príncipes se configura por la ambición de conquista, el deseo de los honores, el afán de poder, la voluntad de dominio, el ansia de mandar, la incapacidad de la escucha, la búsqueda del reconocimiento, el acento en la importancia personal, el alejamiento de las masas, la expectativa de los primeros puestos, el fomento del carrerismo… y la pretensión final de dejar de ser príncipe para ser rey o emperador. Príncipes de la Iglesia, ha sido una expresión que se ha acuñado en siglos pasados para sus primeros mandatarios.
 
¿Dónde está el problema? El error consiste claramente en construir una figura eclesial al margen del evangelio de Jesucristo. El obispo, por el contrario, es un pastor que vela sobre el rebaño, cercano a la gente, con mucha mansedumbre, paciente, misericordioso, amante de la pobreza (libre ante el Señor y austero de vida)… No se trata de juzgar a nuestros obispos, sino de que ellos mismos evalúen sus propias actitudes a la luz del evangelio, porque los obispos tampoco están para complacer sin más las expectativas de las comunidades cristianas, aunque deban conocerlas y, si es caso, atenderlas. Su papel mediador entre Dios y la Iglesia tiene sus riesgos. El principal, creerse que están tan cerca de la divinidad que se olviden de los hombres y mujeres confiados a sus cuidados. El diablo tentó a Jesús para que convirtiera el Reino en espectáculo. Supo vencerlo porque vivió a fondo el misterio de la encarnación. Dios en el hombre. No hay clave cristiana que no sea ésta.
 
Un obispo, como cualquier cristiano, tendrá siempre una batalla interna entre la llamada de Dios y las tendencias de sus instintos; entre las orientaciones del evangelio y su necesidad de poder y de reconocimiento. Los primeros discípulos no estuvieron exentos de estas dinámicas. Camino de Cafarnaún disputan entre ellos para ver cuál era el más importante. La madre de los hijos de Zebedeo pide a Jesús que siente a sus dos hijos, uno a su izquierda y otro a su derecha. Los demás se indignan no tanto por amor al evangelio sino por considerarse relegados, porque están poseídos por las mismas ambiciones. Ya entonces existía la psicología de príncipes. La Iglesia, cuando ha sido más mundana que cristiana, ha acentuado estapsicología que, como un virus persistente, siempre está al acecho.
 
¡Ojalá el papa Francisco consiga aplicar en los futuros nombramientos los criterios evangélicos que él mismo ha desgranado al trazar el perfil del obispo en las dos ocasiones que lo ha hecho! Y que los nuncios colaboren sin plegarse a intereses alejados del Reino de Dios.