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La expresión coloquial humildad de garabato sirve para referirse a una humildad falsa y afectada. No es necesario ser muy perspicaz para darse cuenta de esta actitud. Se nota a leguas. El protagonista se vuelca sobre la pose. No hay transparencia ni sinceridad. Se queda en la superficie sin bajar al fondo. Hay otro tipo de falsa humildad mucho más difícil de detectar. La denomino humildad estratégica. Quien la usa no busca los beneficios profundos de la virtud, sino sus ventajas estratégicas. El ego, con enorme sutileza, se camufla, pero está más presente que nunca. Juega con las apariencias, con las formas políticamente correctas, con el discurso. Suele ser su consigna: «Hay que ser humildes.» Como si el hecho de proclamarlo, garantizara la consecución de la virtud como por ensalmo. Pretende conseguir la aceptación social, la admiración colectiva, el reconocimiento de los otros. En los despistados, la humildad estratégica gusta, porque ven la humildad, pero ignoran la estrategia que esconde. Existe en ella una gran dosis de manipulación. Como la persona ostentosa, histriónica, petulante crea rechazo, se recurre a la humildad estratégica para seducir de manera sibilina. Suelen ser personas brillantes y convincentes. Deslumbran con sus argumentos. Se colocan en el último lugar, no porque se lo crean, sino para que alguien les suba a los primeros puestos. 

¿Qué problemas tiene la humildad estratégica? Traiciona la propia esencia de la virtud: «La humildad es la verdad.» La variante estratégica se fundamenta en la maniobra y en la mentira. No es consciente del ego ni lo combate, por lo que se imposibilita la virtud, aunque se hable mucho de ella o se la exhiba de manera impúdica. Falsea las relaciones sociales y la convivencia. Regala a los oídos, pero engaña.

La humildad estratégica siempre ha estado presente en la sociedad. En los últimos años se ha hecho más visible porque personajes famosos la han utilizado. La han popularizado entrenadores de fútbol, ejecutivos de empresas y figuras de relumbrón. La humildad como estrategia al servicio del triunfo, del éxito, de la superioridad. Pero no sólo. También como coartada cuando las cosas se tuercen y llegan los fracasos. Entonces la humildad estratégica sirve de bálsamo y aminora la caída. No puede haber burla social porque, aparentemente, tampoco hubo ostentación. Nadar y guardar la ropa. El vicio del orgullo travestido en virtud. La persona humilde es amada. Quien se apoya en la humildad estratégica es admirado y, sobre todo, temido. No sabes qué piensa. No va directo. Navega como los meandros de un río. No quiere a los demás. Se quiere a sí mismo por encima de todo. Busca la cúspide, no la igualdad. Es capaz de renunciar a la corta para obtener un beneficio superior. La humildad estratégica es una caricatura de la virtud.