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Suelen entenderse como maestros en la fe, en el plano estructural, el Papa, los obispos, los sacerdotes, las personas consagradas, los laicos comprometidos. En el plano funcional, la pedagogía de la fe está encomendada a teólogos, catequistas, pastoralistas, padres y madres de familia. Como siempre, pero más en este Año de la Fe, los maestros espirituales tienen tareas claras y riesgos evidentes.
 
La tarea de evangelizar y de transmitir la fe, como expresión del anuncio de la buena noticia, puede llevarse a cabo con escasa implicación personal. Se cultiva la fe de los demás sin preguntarse por la propia. El hecho de ejercer funciones importantes dentro de la comunidad eclesial supone, pero no garantiza, vivir la fe profunda en Jesucristo, que más de una vez recriminó a sus apóstoles que fueran “hombres de poca fe”. Vivían con Jesús, compartían con él las realidades cotidianas, lo acompañaban por los caminos de Galilea, pero su fe era más pequeña que un grano de mostaza. Jesús exalta la fe del centurión: “Ni en Israel he encontrado una fe tan grande”. Al jefe de la sinagoga le dice: “No tengas miedo, ten solo fe”. El miedo que se ha utilizado a lo largo de los siglos por todas las instancias de poder, incluidas las religiosas, obstaculiza el desarrollo de la fe, que es el camino de la salvación: “Tu fe te ha salvado”. Ni tus títulos, ni tus cargos dentro de la comunidad, ni tus estudios teológicos, ni tus responsabilidades parroquiales, ni tu báculo episcopal… ¡Tu fe! No es tan fácil. Requiere una dosis profunda de humildad. No somos poseedores de un tesoro por méritos propios, sino transmisores de una vida que recibimos como don. Si la fe es una conquista, los demás son súbditos de mi posición personal. Los maestros y las maestras en la fe solo son creíbles cuando son testigos.
 
Los organizadores de actividades pastorales, litúrgicas y teológicas trabajan para que los demás alimenten su fe y la vivan con coherencia. ¡Tarea encomiable, pero insuficiente! Los maestros en la fe tienen que ser los primeros en escuchar la Palabra de Dios y confiar en Jesucristo. Dios habla a través del profeta Jeremías: “Aun el mismo profeta, aun el mismo sacerdote andan errantes por el país y nada saben”. Y, casi siempre, son los que enseñan. Crítica sin autocrítica, puro espejismo. Muchas peleas por controlar y por imponer una determinada visión eclesial. El fundamento de nuestra fe es Jesucristo. Solo de ahí surge la libertad evangélica y la santidad personal. Cuando alguien cree de verdad, no se queda ensimismado sino que va, como María, deprisa a la zona montañosa para ayudar a los que lo necesitan. El mandamiento del amor no admite fragmentaciones. La actitud básica para que esto sea posible: humildad, humildad, humildad.