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Cuidar a una persona en situación de falta de autonomía, dependencia o discapacidad, no es una tarea fácil. Francesc Torralba dice al respecto: “es un deber de humanidad y una expresión de responsabilidad, que exige una serie de condiciones y de habilidades técnicas que se pueden aprender, pero también, y de manera especial, una actitud de respeto activo hacia los derechos del otro”.
 
Hablar de atención domiciliaria desde nuestra Fundación, es hablar de atender a personas con pérdida de autonomía temporal, crónica o definitiva, presente en cualquier edad y/o etapa de la vida y vinculada a discapacidades físicas, psíquicas y/o intelectuales.
 
En nuestra corta experiencia de actuación en este ámbito hemos detectado un valor esencial, necesario e imprescindible en la interrelación con la persona/familia: la confianza.
 
El concepto de la confianza hoy en día está de moda, se habla de confianza en los mercados, en la moneda, en los países, en los líderes... En general se relaciona y se entiende desde la seguridad, la transparencia, el diálogo o el compromiso. En nuestra organización con un vínculo en esencia de lo humano.
 
Muchas personas o familias nos llaman por la confianza en la Institución y nos preguntan: “...pero ustedes son de San Juan de Dios ¿verdad?”, después nos explican su situación; la mayoría de los casos tiene que ver con la necesidad de atención a sus personas mayores y dicen: “...hemos pasado de la etapa de los achaques o una situación de riesgo...”, “...es que se ha caído esta semana...”, “...es que le han dado el alta después de estar unos meses en convalecencia...”, y sintetizan: “...ni pueden hacer lo que hacían, ni pueden estar solos...” “¿qué podemos hacer?, ¿qué tipo de ayuda nos pueden ofrecer?, ¿Ustedes tienen personas de confianza?”
La confianza es esencial en la vida, pero cuando vivimos situaciones o etapas de vulnerabilidad o de fragilidad, necesitamos más que nunca confiar en el “otro”.
 
Las personas a las que ofrecemos nuestros servicios, nos abren sus casas de par en par, nos dan su número secreto de la “cartilla” del banco, nos explican sus conflictos, no cuentan sus historias de muchos años atrás, quizás mil veces contadas pero para nosotros únicas.
 
Todo y que el colectivo mayoritario a quien atendemos lo representan las personas mayores, como nosotros decimos los niños de la guerra, no podemos olvidar a personas con problemas de salud mental o niños en situación de pluridiscapacidad.
 
En estas situaciones encontramos muchas veces a sus familias con una entrega total, con muchas dificultades para normalizar su vida. Son familias (la mayoría de veces las madres) que viven y velan por ofrecer la máxima calidad de vida a sus hijos, niños con salud precaria, con recaídas frecuentes, con ingresos continuados y con unos cuidados que integran un sinfín de detalles.
 
Las expectativas sobre la confianza para la mayoría de las personas, tienen que ver con esperar de aquel que entra por su casa, una actitud de respeto, de profesionalidad, de tranquilidad, de esperar que un vivir día a día construido con el paso del tiempo, no se vea alterado con alguien que se muestre ajeno, que juzgue con la mirada, que cuestione, sino con una persona que muestre humanidad y se coloque a su lado como un guante, con la flexibilidad y el calor necesario, para ayudarlo a seguir sintiendo esperanza y sentido por la vida.
 
Todos estos procesos y vivencias impactan de forma importante en sus vidas, es por ello que nuestra carta de presentación, nuestra actuación desde el primer contacto, es construir una línea de continuidad que conjugue los planes terapéuticos y/o paliativos que tenga la persona, las expectativas de la persona/familia, una línea de continuidad que tenga muy presente unos cuidados individualizados, ofrecidos con profesionalidad y con los valores propios de nuestra Institución. 
 

 
José Luis Fernández Iniesta, enfermero y gestor de casos.
 
Ana Pérez Carmona, directora de la Fundació Atenció a la Dependència.