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Entre las cartas a las siete iglesias y las visiones de los siete sellos, el libro del Apocalipsis presenta a Juan invitado a contemplar el cielo y a una liturgia celestial que acaba con una doxología – estallido de alabanza dirigida a quien se sienta en el trono y al Cordero – que leemos en la segunda lectura de este domingo ( Ap 5,11-14).

El autor del Apocalipsis no ve sólo lo que está pasando, la persecución de la Iglesia por el poder romano, sino también lo que va a pasar en el futuro. La lucha entre el poder romano y la Iglesia lleva a ver y pensar en esta gran lucha establecida entre Dios y el diablo a lo largo de toda la historia de la Iglesia, historia repleta de dificultades, de luchas en las que nuevas fieras y prostitutas parecen ser las que salen mejor paradas. Las apariencias hacen pensar en una Iglesia abocada al fracaso y a la destrucción, pero no es así.

En la visión inaugural de 4,1-5,14 ( que como hemos dicho leemos los versículos finales) Juan es llevado a contemplar el mundo celestial, allí ve a quien se sienta en el trono, el Cordero, los 24 ancianos, los 4 vivientes y miríadas de ángeles. La desarmonía, las luchas, las persecuciones, las catástrofes que van apareciendo a lo largo del libro del Apocalipsis y que son el resultado del poder y de la maldad humana contrastan y con la armonía que hay en el cielo que es fruto del poder divino y que se expresa en la liturgia celestial y la alabanza. La tierra es el lugar donde dominan los impíos, los idólatras, los opresores. El cielo es el mundo trascendente de Dios, es el mundo de los santos, de quienes no son opresores ni idólatras. Ver el cielo es ver un mundo no perceptible por la vida lujosa del imperio y la ciudad de Roma y sin embargo se hace visible para Juan representante de una Iglesia que camina hacia el fin. Éste es el fin que espera en la historia humana. La historia humana de la Iglesia, según los designios de Dios, va hacia un fin que Dios tiene bien determinado. A Juan le es concedido contemplar anticipadamente este fin: un nuevo pueblo de Dios triunfante que contrasta con el actual pueblo de Dios que está sufriendo en la tierra.

Gran parte del texto que leemos hoy lo ocupa una doxología. Esta palabra proviene de la unión de dos palabras griegas “doxa” que significa gloria y “logos” que significa palabra; doxología querrá decir, por tanto, lo que se dice de la gloria de Dios y, por deducción, proclamar o enaltecer la gloria de Dios. Son abundantísimas las doxologías esparcidas por todo el Antiguo y el Nuevo testamento. Son expresiones breves, concisas, densas, a menudo en estilo de himnos. El lenguaje humano y por tanto también el bíblico no siempre tiene una función informativa, no siempre debe enviar mensajes. Hay ocasiones en que el lenguaje remite a emociones, sentimientos o estados de ánimo dejando en un segundo plano el mensaje o el contenido doctrinal.

La doxología se desmarca de otros tipos de oración como la oración de perdón. No se implora el perdón de Dios; en este sentido es la típica oración de los salvados, de los liberados representados por los 24 ancianos. Al estar salvados ya no necesitan pedir perdón por unas culpas de las que ha sido redimidos por la sangre del Cordero. A los salvados sólo les es propia la alabanza, la doxología.

La doxología tampoco es una oración de súplica o petición. No se pide nada a Dios. En este sentido, cabe destacar el carácter gratuito de la doxología; de ella no se espera ningún beneficio ni resultado. La gratuidad se realiza en una doble dimensión; el ser humano no espera ningún beneficio, es pura alabanza a Dios. Tampoco Dios necesita nada porque lo tiene todo. Es alabanza a Dios por lo que Él es, reconocimiento de su grandeza. La doxología muestra la actitud auténticamente religiosa que reconoce la grandeza de Dios a partir de la conciencia de la pequeñez humana. La doxología sitúa al ser humano en el lugar que realmente le corresponde. Es una actitud pura y simplemente de adoración que debe ocupar el primer lugar en cualquier actitud y oración del creyente, por eso es tan propia del lenguaje celestial.

Domingo 3er de Pascua 1 de Mayo de 2022