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Dolor y nostalgia profunda por la patria lejana y perdida, amor inquebrantable por la ciudad santa, Jerusalén, ahora destruida y un odio furibundo hacia los autores del gran desastre que representa el exilio y la deportación. Todo ello es lo que encontramos en salmo 137 que hoy domingo cuarto de Cuaresma (ciclo B) leemos (Sal 137 1-6) menos la parte que hace referencia al odio a Babilonia.

El telón de Fondo del salmo es el Exilio en Babilonia. Históricamente los hechos fueron así: En el año 597 aC. fruto de una revuelta contra el imperio babilónico, Nabucodonosor hizo una primera deportación, oficiales y hombres importados fueron llevados a Babilonia; el rey Joaquín fue deportado y sustituido por Sedequías (2Re 24,8-17), según Jeremías los deportados fueron 3023. El año 589 aC. empezó el asedio definitivo por parte de Nabucodonosor. El estado de Judá confiando en el apoyo de Egipto, se enfrentó abiertamente contra Babilonia. A finales de junio del 587 aC. cayó Jerusalén y Sedequías fue deportado a Babilonia (2 Re 25,1-21). Los personajes importantes más rebeldes a dominio babilónico fueron perseguidos y ejecutados (2 Re 25,19-21). Según Jeremías (52,29) los deportados fueron 832. Este profeta aporta la noticia de una nueva deportación con 832 deportados (52,30).

El salmo describe la imagen melancólica y poética de los deportados instados a cantar con las liras cerca de los ríos de Babilonia. Esto nos lleva a imaginar cómo sería su vida en Babilonia; su situación no fue ni la cárcel ni la esclavitud. Cabe decir que en la antigüedad había esclavos de muchos tipos. La esclavitud más dura era la de los que trabajaban en minas, en grandes construcciones o trabajos duros del campo, pero también podían ser esclavos preceptores de niños o administradores de haciendas. Es posible que algunos de ellos trabajaran en la administración pública, otros alistaran en unidades militares, otros quizás emprendieron negocios. Lo que sí muestra el salmo es que el recuerdo de Jerusalén les resguardó la identidad judía y todo hace pensar que mantuvieron la circuncisión y la práctica del sábado.

Que la vida de los deportados no fue tan desastrosa como se puede imaginar lo demuestra la carta de Jeremías (29,4-7) que alienta a los deportados a construir casas, plantar huertos, casarse y procurar el bien de la ciudad. El profeta Ageo se queja de la tardanza en reconstruir el templo de Jerusalén porque los deportados no quieren volver (Ag 1) y Zacarías hace una llamada para estimular el retorno (2,10-11). Cuando el Segundo Isaías habla de los caminos que aparecen en el desierto no hace más que estimular el retorno de los reticentes (40,1-5; 43,19). La insistencia en el retorno pone de manifiesto que las condiciones de vida en Babilonia eran soportables y que el proyecto de reconstrucción del país era un proyecto muy empinado.

El salmo contrapone dos ciudades, Babilonia y Jerusalén. Babilonia es el símbolo de la opresión y la maldad, es tierra extranjera, es la residencia de los ídolos competidores de la soberanía del Señor. Jerusalén es el símbolo de la libertad y la protección de Dios. Los deportados se resisten a olvidar Jerusalén porque olvidarse de él no se reduce a una simple falla memorística sino que adquiere la dimensión de una apostasía. Por favorable que pudiera ser su estancia en Babilonia nada puede compararse al retorno a la patria querida.

El salmo es un canto de residencia de los deportados. A diferencia de los que han establecido familia, han hecho negocios, han prosperado y han aceptado las prácticas religiosas, a diferencia de los resignados que piensan que no hay nada que hacer, ellos son los que mantienen la esperanza, el recuerdo de Jerusalén los protege de quedar absorbidos por la religiosidad babilónica, su canto es la expresión la del incondicional afección y apasionado amor a la ciudad santa.

Domingo 4º de Cuaresma. 14 de Marzo de 2021