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El libro del Levítico es poco usado en las lecturas litúrgicas de los domingos y festividades. Tan sólo dos veces: una para hablar del amor al prójimo y otra para exponer la legislación sobre la lepra. Este domingo, precisamente, corresponde leer un fragmento de esta legislación (Lv 13,1-2.45-46). A los ojos de los lectores contemporáneos este libro bíblico puede resultar anticuado y de poco interés; habla de leyes que ya no se practican; defiende un culto estático liderado por los sacerdotes en contraposición a una fe dinámica y creativa incentivada por los profetas; y ante una teología cristiana que entiende la muerte de Jesús como un sacrificio, lleva a la pregunta de qué valor tienen estos sacrificios tan bien delimitados normativamente si el único sacrificio que cuenta es el de la muerte de Jesús. Con todo, el libro del Levítico está en el corazón del Pentateuco y lo que está en medio, según la manera de estructurar judía, es lo más importante.

Los versículos escogidos de la lectura litúrgica exponen el estado en que se encuentran y lo que deben hacer los enfermos por causa de la lepra. La desdicha física de la enfermedad queda agravada por la desgracia moral y religiosa que comportaba la impureza legal. El leproso debe ir gritando: "impuro, impuro". El leproso impuro está excluido de la vida de la comunidad, pero esto no es más que la consecuencia del estado de impureza, la raíz de la gravedad de la situación. La pureza o impureza era y es aquella cualidad que determina la situación del ser humano ante Dios. Sólo Dios es santo y su santidad marca la diferencia con el mundo imperfecto y contaminado. Esto es el equivalente a decir: sólo Dios es puro, la impureza es propia del mundo imperfecto. El ser humano, a diferencia de Dios, es pecador y proclive a la impureza. El Dios sabio que ha creado un mundo ordenado y equilibrado no puede tolerar lo que tiende a la confusión y al desorden.

Si la impureza determina la relación del ser humano con Dios, esta relación se manifiesta, en un nivel primordial, en el culto. El impuro excluido de la comunidad está, en consecuencia, privado del culto con el resultado de no poder disfrutar de la presencia de Dios y beneficiarse de los dones que ello conlleva. Privado del culto, el impuro no puede dirigir su invocación a Dios. Es curioso que el verbo hebreo que en uno de sus sentidos significar invocar (Sal 80,19; 105,1; 116,4.13.17) es el verbo "qara" y es el mismo verbo que sirve para decir que el leproso ha de gritar: impuro, impuro. "Todos somos ahora como gente impura ... nadie invoca tu nombre" (64,5) dirá el profeta Isaías. El texto muestra cómo la invocación a Dios está reñida con la impureza. El leproso cuando llama no puede invocar ni alabar a Dios, sólo puede comunicar su condición de impuro. Cuando esté curado, el grito que ahora pone de manifiesto su pureza se convertirá en alabanza.

Llegarà un momento en que la condición de puro o impuro no se limitará al ámbito del culto sino que impregnará toda la vida. Los fariseos querrán que las normas para conseguir la pureza ritual destinadas a los sacerdotes lleguen a todo el pueblo y a todos los ámbitos de la cotidianidad. La distinción entre lo puro y lo impuro creará la necesidad, para toda comunidad, de un espacio social limpio, decente, claro, estéticamente bonito y protegido contra la corrupción de todo lo que es feo, sucio repugnante. Lo que es impuro lleva inexorablemente al debilitamiento de la vida y a la larga a la muerte.

El libro del Levítico proclama la posibilidad de revertir la situación de impureza. La buena noticia del libro es que Dios otorga los medios necesarios para superar el estado de impureza y que, gracias a determinados ritos y actitudes, el ser humano puede conseguir la pureza necesaria que le permita rehacer su relación con Dios estando en pie delante su presencia.

Domingo 6º durante el año. 14 de Febrero de 2021