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Una cita del profeta Isaías ocupa un lugar relevante en el texto del evangelio de Lucas que leemos este domingo (lc 1,1-4; 4,14-21). El evangelista se vale de la versión griega del Antiguo Testamento llamada versión de los LXX. El fragmento citado está extraído de los dos primeros versículos del capítulo 61 con inserción de un trozo del versículo 6 del capítulo 58. De 61,1 omite “a curar los corazones deshechos” ya continuación de “a los ciegos el retorno a la luz” introduce 58,6d “a dejar en libertad a los oprimidos”. Pero lo más sorprendente es la omisión de la segunda parte de 61,2: “el día que nuestro Dios hará justicia”. La sorpresa radica en que todo el mundo esperaba un mesías que liderara la venganza contra los romanos que con sus legiones en el año 4 aC. habían destruido Séforis, la capital de Galilea, población no muy lejos de Nazaret, seguido de una cruel represión en la que habían sido crucificados unos dos mil judíos. Es de suponer que en la memoria popular todavía se mantenía encendido el resentimiento que atizaba el lógico deseo de venganza. Jesús quiere dejar claro que no se identifica con ese tipo de mesianismo tan esperado.

Todas estas selecciones y omisiones están en función del mensaje que se desea comunicar. Es un procedimiento usado por los rabinos que se valían de los textos con mucha libertad para avalar las tesis que querían exponer. No se puede descartar la posibilidad de que Lucas fuera un rabino convertido. De hecho, nuestros liturgistas fragmentan los textos en función de lo que se quiere resaltar. Hoy mismo el evangelio se compone de dos fragmentos de la primera parte de la obra de Lucas.

La cita de Isaías comienza diciendo: "El Espíritu del Señor descansa sobre mí". En la escena del Bautismo, Lucas ha dejado bien claro que Jesús recibe del Padre el Espíritu, éste le lanzará al desierto (4,1) y le acompañará en la misión que Jesús acaba de empezar en Galilea (4,14) ). La particularidad del texto de Isaías es que une la unción mesiánica con el don del Espíritu. Con la introducción de la cita de Isaías, Lucas quiere poner de manifiesto que Jesús es el mesías de Israel. La unción mesiánica, en un primer momento, en el Antiguo Testamento va unida al ejercicio de la realeza. David es ungido para hacer de rey (1Sa 16,1-13) pero en el texto de Isaías no hay ninguna referencia a la dinastía davídica que llevara a pensar en una función de Jesús como rey. Es más, ya hemos visto cómo Jesús, con la omisión del día de la venganza, soslaya cualquier posibilidad de liderazgo real.

La presentación de Jesús, citando este texto de Isaías, refuerza el convencimiento del evangelista según el cual la presencia y la actuación del Espíritu domina toda la existencia de Jesús y también poner de manifiesto que en la actuación de Jesús se lleva a cabo el cumplimiento de las Escrituras. Recordemos que escribe a Teófilo que conoce sobradamente la Escritura judía y le quiere hacer entender que el hecho Jesús no es una casualidad sino que se inserta en el plan de Dios que se puede captar con una atenta lectura de la Escritura.

"Anunciar la buena nueva a los pobres". Descartado el programa mesiánico basado en la violencia y el combate, el mesianismo de Jesús se define por el hecho de llevar la buena nueva (evangelizar) a los pobres. Éstos tienen en el evangelio de Lucas una predilección especial (6,20; 7,22; 14,13.21; 16,20.22; 18,22; 19,8; 21,3), afín a la predilección del Señor por los pobres expresada en el Antiguo Testamento (Sal 69,34; 72,12.13). Cuando el Bautista quiere saber si la actividad de Jesús se inscribe en la auténtica espera mesiánica, la respuesta es: los pobres reciben el anuncio de la buena nueva (7,22).

La buena noticia se convierte en mensaje de Luz y felicidad cuando se convierte en el anuncio del año de gracia (Lv 25,8-22). Se trata del año jubilar que se celebraba cada 50 años. En ese año los campos se dejaban de cultivar, las deudas eran perdonadas y los esclavos liberados. Todo esto tiene más de ideal que de histórico pero lo cierto es que presenta el deseo de un tiempo nuevo, la restauración de una creación que se ha deteriorado, el comienzo de una etapa histórica donde la soberanía del Señor se impondrá al dominio de unas estructuras económicas y sociales injustas y opresoras.

El año jubilar durará un año y terminará; el tiempo de gracia que se inaugura con Jesús no tiene fin. Es el tiempo del Reino de Dios que empieza siendo muy poco (Lc 13,18) pero resulta imparable en su crecimiento y grandeza.

El domingo 3º durante el año. 23 de Enero de 2022