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La parábola de los trabajadores que van a la viña y reciben todos el mismo sueldo (Mt 20, 1-16) es suficientemente conocida y la leemos en el evangelio de este domingo. La parábola despliega con imágenes ilustrativas el enunciado del versículo 16 que cierra, a manera de conclusión, el texto que nos ocupa: "Los últimos serán los primeros y los primeros serán últimos". Este dicho es casi idéntico al que se encuentra al final del capítulo 19 y, en este caso, serviría de introducción a la parábola. Hay un nexo entre la finalización de la c. 19 y el comienzo del 20. Allí Pedro dice a Jesús: "Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué recibiremos entonces?". Mateo viene a decir: hablando de pagas y retribuciones escuchemos  esta parábola que advierte del peligro de las ambiciones, de esgrimir méritos y exigir las retribuciones que, por un supuesto derecho, se derivan.

Llama la atención la frecuencia con que aparece el término "ociosos". Al propietario parece que le moleste que la gente esté sin hacer nada. En el evangelio de Mateo se da mucha importancia a la productividad, al rendimiento. El árbol que no da fruto es cortado, dirá Juan Bautista (3,10) y la parábola de los talentos (Mt 25,14-30), descriptiva, como la parábola que comentamos, del Reino de Dios, critica con contundencia el sirviente malo y perezoso que ha guardado el talento sin hacer nada. La ociosidad es incompatible con el Reino, el problema no es la cantidad de producción sino la actitud productiva y eso es lo que se valora del último grupo que ha ido a la viña; estos podrían haber dicho: por lo que queda del día y por lo que nos pagarán no vale la pena ni hacer el esfuerzo de ir a la viña.

En la comunidad de Mateo, entorno donde se origina la parábola hay un grupo de creyentes provenientes del judaísmo más ortodoxo, para ellos el cumplimiento de la ley y la justicia retributiva por parte de Dios ocupan el primer lugar. La justicia de Dios prevalece sobre la misericordia. Ellos son los primeros en cumplir, hacen lo correcto, soportan adversidades y todo esto lo viven como un derecho, una exigencia, una superioridad. En la misma comunidad también están los miembros que provenientes del paganismo se han ido incorporando. Son los que se pueden comparar con el último grupo, no pueden hacer valer ante el dueño más que el poco tiempo que han estado trabajando en la viña, son los que no cuentan para nada en el entorno social y religioso del judaísmo observante y cumplidor (fariseos y escribas); pero en la parábola, pasan a ser considerados dignos de los mismos derechos y dignidad que los primeros.

Los miembros del primer grupo, además de ser incapaces de aceptar la generosidad del dueño (misericordia de Dios), son insensibles a la situación social del resto de los trabajadores. La situación económica de los contratados es precaria, a veces peor que la de un esclavo, son gente que han perdido las tierras, endeudados que han ido a parar a manos de terratenientes sin escrúpulos, víctimas del hambre, las enfermedades y el paro. El salario de un día de trabajo, un denario, apenas era suficiente para llevar un plato a la mesa para la familia. Por ello la pretensión del primer grupo que el dueño recorte el importe del salario a los trabajadores del último grupo es una actitud totalmente insolidaria. En este sentido, la parábola enseña que, en vez de moverse por criterios de competencia y rentabilidad, hay que regirse por criterios de generosidad, solidaridad e igualdad.

Domingo 25 durante el año. 20 de Setiembre de 2020