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El discurso de despedida, el último de los grandes discursos del evangelio de Juan ocupa una parte considerable de la segunda parte de este escrito; de él leemos un fragmento (Jn 14,15-21) en el evangelio de este domingo. En el texto aparece dos veces el término "mundo", característico del evangelio de Juan, dado que aparece 57 veces. Si repasamos el uso del término a lo largo del evangelio veremos los diferentes sentidos que adquiere.

El mundo es el cielo, la tierra, el conjunto de las cosas creadas, lugar donde el ser humano vive en el tiempo que media entre el nacimiento y la muerte y, por decirlo de alguna manera, es el escenario de la actividad y la predicación de Jesús: "Mientras estoy en el mundo" (9,5); "Yo he venido al mundo" (9,39); "Salí del Padre y he venido al mundo" (16,28) y es también, en tanto que habitáculo de los seres humanos, el lugar donde viven los discípulos: "Vosotros sois de abajo ... vosotros sois de este mundo" ; "Ellos se quedan en el mundo mientras yo voy a ti" (17,11). Precisamente porque viven seres humanos el mundo es capaz de engendrar todo lo que es contrario a la predicación y actividad liberadora de Jesús: "La luz vino al mundo, los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, ya que sus obras eran malas "(3,19); "A vosotros el mundo no os puede odiar, pero a mí sí me odia porque doy testimonio de que sus obras son malas" (7,7). Del rechazo pasará claramente a la oposición, el mundo se manifestará claramente como un opositor a Dios, tal como hemos visto odiará Jesús, también odiará los discípulos (15,18; 17,14), se alegrará del llanto y el dolor de los discípulos (16,20) y estará gobernado por el príncipe de este mundo (14,30; 16,11) personificación de todo lo que se opone a Jesús. Evidentemente ni Jesús ni los discípulos comparten los valores del mundo "Ellos no son del mundo como yo tampoco soy" (17,16). El mundo tal como aparece en nuestro texto hay que entenderlo en este sentido de oposición y desconocimiento del ofrecimiento de salvación de Jesús. Por todo ello el mundo deberá ser salvado: "Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo por medio de él" (3,17).

El mundo tiene un problema de conocimiento. No conoce, ni ve, ni acoge. Qué no conoce? y ¿Por qué? No conoce el Espíritu, ni puede ver a Jesús. El tema del conocimiento, al igual que el término "mundo", es fundamental en el evangelio de Juan. Conocer tiene sus raíces en el verbo hebreo "iadá" que tiene un sentido muy rico. Normalmente pensamos que conocer es la adquisición de un saber a través de la información o el estudio, el sentido del verbo en hebreo va más allá y conocer implica haber hecho una experiencia que es la que proporciona el conocimiento. Fijémonos que para referirse a la experiencia de las relaciones sexuales se usa el verbo "iadá": "El hombre se unió (iadá) a su mujer que dio a luz a Caín" (Gn 4,1). El libro de Josué explica como de experimentar las maravillas hechas por Dios, deriva un conocimiento origen de la fidelidad (Js 24,31). Jeremías habla del conocimiento que deriva de experimentar la intervención de Dios en el corazón del ser humano (Jr 31,34). Conocer se identifica también con el hecho de creer: "Sabed que yo soy Dios" dirá el salmo 46,11.

El mundo no puede acoger el Espíritu porque es incapaz y no quiere hacer la experiencia que le permita esta acogida. La verdad del Espíritu se contrapone a la mentira del mundo. El mundo ha recibido la invitación a conocer y creer pero lo ha rechazado: "La Palabra era la luz verdadera, que viene a este mundo ... y el mundo no la conoció" (1,9) .El imposible conocimiento del mundo contrasta y se contrapone a la realidad de conocimiento de los discípulos. Este tiene su modelo en el conocimiento que existe entre el Padre y el Hijo (10,14-15). Es la alternativa a los valores y propuestas del mundo. Va intrínsecamente ligado al hecho de creer y representa una profundización de la fe y, sobre todo, este conocimiento se identifica con la vida: "La vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero y al que tú has enviado, Jesucristo "(17,3).

Domingo 6º de Pascua. 17 de Mayo de 2020