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El capítulo 8º de la carta de Pablo a los romanos es un texto fundamental y de los más importantes del Nuevo Testamento. De él leemos unos versículos (Rm 8,14-17) en la segunda lectura de este domingo, festividad de la Santísima Trinidad. En él Pablo, llega al culme de su reflexión iniciada con el significado que el bautismo tiene para el cristiano. Este ha sido liberado por el Espíritu del yugo de la Ley manipulada por el pecado y, a partir de esta situación, podrá servir a Dios gracias al poder de este Espíritu que lo capacita para cumplir la voluntad de Dios. El Espíritu crea una nueva vida en el cristiano convirtiéndolo en hijo adoptivo de Dios.

El texto que hoy leemos comienza con la afirmación: "Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios". En la Escritura el tema la conducción es importante. El pueblo de Israel era conducido en el desierto por el Señor mediante una columna de nube durante el día y de fuego durante la noche (Ex 13,21). Moisés (Sal 77,20) y David (Sal 78,70-71) fueron guías del pueblo de Israel. El Espíritu de Dios se impone sobre todos estos guías; si estos eran garantía de la presencia de Dios que conducía a Israel hacia la tierra prometida o hacia una situación de prosperidad, ahora el Espíritu conduce hacia la herencia propia de los hijos de Dios y lo hace ampliando su campo de acción. La conducción de la columna, de Moisés , de David afectaba tan solo a los hijos de Abraham, el pueblo escogido, ahora la conducción es abierta y universal. Los paganos también pueden ser hijos de Dios y Pablo tiene un interés particular en demostrar este principio. Es importante la construcción en pasiva de la frase. En activa querría decir que toda la iniciativa y acción corresponden al Espíritu. Las personas son conducidas pero es a ellas a quienes corresponde dejarse conducir. E espíritu actúa siempre respetando la libertad humana. La posibilidad de dejarse llevar por los deseos de la carne es muy clara (Rm 8,5). El Espíritu lleva a Dios pero el ser humano debe poner de su parte.

Para captar bien la imagen de ser hijo que usa Pablo vale la pena tener en cuenta lo que significaba ser hijo en el mundo romano. El nacimiento de un romano no se limitaba a  un hecho meramente biológico. Los niños y niñas recién nacidos no eran aceptados en sociedad hasta que no se materializaba la decisión del jefe de la familia (pater familias). En Roma no se decía que un ciudadano había tenido un hijo sino que había tomado o acogido un niño. Inmediatamente después de haber nacido un niño, el padre ejercía la prerrogativa de levantarlo del suelo donde lo había depositado la comadrona y tomarlo con sus brazos, manifestando así que lo reconocía y que rechazaba dejarlo abandonado, si así lo hacía manifestaba el reconocimiento y se comprometía a criarlo y educarlo. La adopción implicaba el reconocimiento de un niño o una niña nacidos fuera del matrimonio o fuera de la familia. El adoptado pasaba a depender del poder y la potestad del padre de la familia, quedaba incorporado a ella y disfrutaba de los mismos e idénticos derechos de quienes habían nacido en el seno de la familia. Entre estos derechos evidentemente figuraba la herencia.

Los juristas romanos (Ulpiano, Javoleno) recomendaban, sin embargo, que la adopción no se hiciera de cualquier manera a fin de evitar maniobras fraudulentas. Se recomendaba que el que adoptaba tuviera unos vínculos de estimación y consideración hacia el adoptado, que fuese movido por una "sanctissima afectio". Esto lleva a considerar que, cuando el Espíritu Santo nos hace hijos de Dios por adopción, se pone de manifiesto el gran amor de Dios hacia la persona humana. El amor de Dios hace que el Espíritu nos haga hijos, amor que genera un intimidad como la de Jesús con el Padre. Los guiados por el Espíritu, hechos hijos de Dios comparten con Jesús la herencia y la intimidad que los hace dirigirse a Dios llamándole con aquella expresión con la que los niños pequeños se dirigían al Padre: Abba.

Festividad de la Santísima Trinidad. 30 de Mayo de 2021