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Soy contrario a la reforma de la Ley del Aborto que pretende aprobar el gobierno del PP con su mayoría, sobre todo porque soy de los pocos que piensan, me temo, que la política es más cosa de práctica que de teorías, más de "conveniencias" que de "morales". Y a mí, que lo que creo que nos conviene a todos es que baje el número de abortos (no porque me lo dicte ninguna religión, sino en mi condición de ciudadano), me va mejor el marco legal actual que el anterior y, supongo, el que se apunta. Con la ley actual, el número de abortos no para de bajar. Como ya he dicho que es para mí la política, no creo mucho en las utopías, de manera que de momento no aspiro a su erradicación. Que baje el número de abortos, lo que parecía imposible desde su despenalización a mediados de los ochenta en nuestro país, ya me parece una buena tendencia. Espero que no fuera sólo el marco legal el causante de esta buena noticia, pero sí, en cambio, encuentro que la nueva normativa puede hacer reaparecer el aborto clandestino, una inútil penalización y una nueva discriminación (con dinero, todo se arregla).

 

Ello no quita que mi posición personal ante un caso de aborto, más aún si afectara mi entorno más inmediato, sería de mucha reserva por no decir directamente de rechazo. Aquí sí que conviven mis condiciones de ciudadano (es decir, que es libre de tomar decisiones que le afectan) y la de cristiano, más allá de lo que diga o deje de decir la doctrina de la Iglesia. Ambas condiciones vuelven a encontrar ante la cuestión más controvertida, creo yo, del aborto: desde qué momento podemos considerar el no nato como persona y, por tanto, con derechos inherentes. Esta cuestión, clave, no tiene hoy suficiente consenso y sospecho que, si hubiera calma y tranquilidad, si reconociéramos unos y otros las posiciones razonables que tiene la banda del 'sí' con la del 'no', avanzaríamos mucho.

 

No soy tampoco de los que cree que lo mejor de las cosas controvertidas sea "despolitizarlas", al contrario. Ni tampoco que la solución a la controversia sea ​​únicamente científica ("a partir de cuando científicamente comienza la vida de una persona", etc.). Sólo opino que, cuando se trata de los límites de la vida, más aún que cuando hablamos de los límites geográficos de España, por ejemplo, es bueno que todas estas perspectivas busquen el consenso.

La Iglesia ha tenido un rol muy activo contra la legislación del aborto y se la identifica como el principal actor del bloque del 'no', aunque no me cabe en la cabeza que sea el único ámbito crítico. Pero dentro del Iglesia, sin ir más lejos (y siempre que entendamos Iglesia en un sentido amplio), hay diversas opiniones que bien podrían ser la base de este consenso, si todos tuviéramos ganas. El jesuita Juan Masiá - destinado en Japón- o el activista irlandés Jon O'Brien -que preside una cosa que se llama 'Católicos por el derecho a decidir', os suena? -, por ejemplo, aunque muy alejados de las tesis oficiales, tanto de los obispos como de los militantes pro-aborto, serían voces a escuchar. Y muchas más, también aquí, de una enorme solvencia.

 

Estos días se han publicado en la red dos artículos muy recomendables de prestigiosos católicos, muy ponderados y razonables, con los que no he sido capaz de encontrar ninguna discrepancia con lo que pienso yo, por ejemplo. Hablo, en primer lugar, del sociólogo vasco Javier Elzo, que estrenaba sección en CatalunyaReligió con "¿Tiene derecho la mujer al aborto?", escrito que parte de la controversia que he citado antes para hacer una serie de consideraciones que encuentro impecables donde, entre otras cosas, pone en duda que el aborto sea un "derecho", o que lo sea en cualquier caso. Osa decir la poco correcta políticamente afirmación de que "en nuestra sociedad, la mujer está mucho más protegida que el niño. Con algunas excepciones: mujeres ancianas y mujeres prostitutas por ejemplo. Y, en el tema del que hablamos, la mujer sola, sin recursos y embarazada que quiere tener su hijo y atenderlo debidamente".

Y, en segundo lugar, del jesuita catalán José-Ignacio González Faus, en Religión Digital , que también pone a todos en su sitio. Inequívocamente de izquierdas, dice la afortunada frase, ante algunas peculiares protestas, que "querer defender la ley a base de “top-less” (= arriba nada) pectorales sólo indica que arriba (en la cabeza) no hay nada"; o que "invocar un derecho ilimitado a disponer del propio cuerpo equivale a la otra invocación (falsa también) de un derecho de propiedad sin límites". El resto del artículo es también una delicia, una apelación a la inteligencia y un rechazo al insulto y al dogma. El dogma que todos (y todas) llevamos dentro, quiero decir. Y que nos resistimos, este sí, a abortarlo.