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Una lectura rápida de la exhortación apostólica Evangelii Gaudium me ha mantenido atento a la figura del papa Francisco, y me lo he imaginado largas horas ante el Sagrario, alternando con horas más largas todavía dedicadas a poner, negro sobre blanco, todo lo que él desea para la Iglesia en los próximos años.
 
En él he observado tres actitudes que expreso con tres palabras: amor, lucidez y coraje; son claramente compatibles, y él ha sabido combinarlas con dosis equilibradas, dominando, por encima de todo, el amor.
 
El papa Francisco ama profundamente a Jesús y su mensaje, y este amor le mueve a amar de todo corazón a la Iglesia, las personas que la formamos y, también, a las personas que él desea que se acojan a ella, sobre todo las que más lo necesitan.
 
Con este amor, y con una lucidez más que notable, Francisco observa la Iglesia y descubre en ella una falta persistente de fidelidad al Evangelio, que la hace incapaz de transmitir el mensaje de Jesús a una sociedad que lo necesita cada día más, a menudo sin darse cuenta de ello.
 
Él, amoroso y solícito, fija la mirada en los marginados y en aquellos que se han convertido en un estorbo para muchas personas, pero que él ama con todo el corazón: los pobres, los enfermos, los explotados, los oprimidos, los desesperados, los que sufren. Según él, la Iglesia tiene que salir a anunciar el Evangelio a todos y en todos los lugares, siempre y sin demoras, sin asco y sin miedo.
 
También con lucidez, Francisco pasa lista a las múltiples actividades en las que la Iglesia está ocupada, y advierte que a menudo hace cosas que no debería hacer y descuida necesidades que tendría que atender, por exigencia evangélica. Esta observación le lleva a denunciar situaciones y actitudes que dan a la comunidad eclesial una imagen que no refleja el rostro de un Cristo que es, por encima de todo, amor y misericordia.
 
Su amor a la Iglesia también le obliga a hacer un llamamiento insistente a la conversión, de todos los sectores y de todas las personas, incluido el propio papado. Lo hace con coraje y humildad, muy consciente de que no todo lo que se ha atrevido a escribir gustará a todos.
 
Todo esto sabe hacerlo y sabe decirlo con una invitación constante a la alegría, porque el seguimiento de Cristo la hace inevitable y porque, a la vez, es una expresión de amor.
 
(Texto publicado en Catalunya Cristiana, Núm. 1.785, 8 de diciembre de 2013)