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Si una persona creyese que ella sola puede organizarse la vida y garantizar su futuro sin contar con los demás, cometería un grave error.

El ser humano es esencialmente un ser social, y no puede desarrollarse en todas sus dimensiones desvinculado de su entorno más cercano y de las personas que tiene junto a él. Su futuro es un futuro común, un futuro necesariamente compartido.

Lo afirmamos de las personas físicas, pero podemos decirlo igualmente de las instituciones formadas por personas. Ninguna institución, por importante que sea, puede creer que su futuro solo depende de ella.

Todos, personas e instituciones, somos parte integrante de conjuntos más amplios, y entre todos establecemos y cultivamos tejidos de relaciones diversas que nos ayudan a crecer y a desarrollarnos hacia la plena realización personal o institucional.

La persona humana es fruto de una relación, y solo a través de relaciones con otras personas podrá lograr su plena realización y colaborar, también con otras personas, en la construcción de un futuro mejor para todos.

Los seguidores de Jesús de Nazaret sabemos muy bien que hemos sido hechos a imagen de un Dios que es amor, y que el amor nos impulsa a crear vínculos de fraternidad. Sin los otros, y sin amarles, no tenemos ni presente ni futuro que puedan satisfacernos.