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Las entidades sociales de Iglesia hace cuatro años se han constituido en red para colaborar entre sí, abrir nuevos horizontes, dinamizar mejor su acción social, ahondar en las características de su identidad, mejorar la formación de sus profesionales y voluntarios, crear espacios de comunión…
 
Como entidades, la diversidad de fórmulas jurídicas, de sus orígenes, de personas o colectivos que ostentan su titularidad… es inmensa. Incluso, algunas de ellas consideran que su estructura jurídica no debe pasar, al menos por el momento, de una fase embrionaria. Sus ámbitos de actuación son distintos. Su tamaño también es diferente. Desde Cáritas hasta una pequeña asociación, con pocos miembros, pero con ganas de incidir en beneficio de los que sufren. Muchas de ellas tienen detrás una congregacion religiosa que les apoya. En todas, resulta importante el espíritu fundacional y las finalidades de su proyecto, así como su vinculación al evangelio y a la dinámica eclesial.
 
Como entidades sociales, sus destinarios son las personas más necesitadas. Sean las que sean. Vengan de donde vengan. Tengan los papeles que tengan. Nadie que vive la filiación con Dios puede descuidar la fraternidad humana. Por este motivo, quienes forman parte de las entidades sociales adoptan una mística de ojos abiertos a la realidad del entorno. Su sensibilidad es capaz de detectar el sufrimiento, las carencias, la soledad, el dolor de tantas personas en nuestra sociedad. Siempre existen pobres, pero las circunstancias actuales, marcadas por una crisis aguda, acentúan los problemas y la angustia de los más desfavorecidos. La Iglesia, también a través de estas entidades, quiere ser bálsamo para las heridas, compañía para los solitarios, voz de los sin voz, denuncia ante los poderes sin escrúpulos que privilegian a cualquier precio su idolatría por el dinero… No es una tarea cómoda, pero es necesaria, indispensable. Su acción responde a un diagnóstico constante, porque las necesidades cambian con el tiempo. Flexibilidad y compromiso son actitudes exigibles a quienes deciden amar a los demás hasta este extremo, sin discriminaciones.
 
Como entidades sociales de Iglesia, los equipos humanos tienen una mirada de fe sobre la realidad social. Todos aquellos que participan de un deseo sincero de transformar el mundo a través del amor y de la justicia tienen cabida. Acaso no todos ellos tienen la misma fe, pero les une la espiritualidad y respetan el proyecto fundacional que dio origen a la entidad. No basta entusiasmarse por la acción que se realiza, sino que también es necesario compartir los valores de humanidad, cariño, respeto, entrega, hospitalidad. En caso contrario, el proyecto original podría irse devaluando y perdiendo consistencia hasta llegar a convertirse, utilizando la metáfora de evangelio, en sal insípida. Un reto importante en nuestros tiempos. Apertura y raíces.