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Hoy, festividad del beato Francisco Palau y Quer (Aitona, 1811 - Tarragona 1872), fundador de las congregaciones de los Carmelitas Descalzos Terciarios, que dieron origen a las Hermanas Carmelitas Misioneras y Carmelitas Misioneras Teresianas. La hermana carmelita Ester Diaz escribe eel texto que publicamos a continuación, como una invitación a celebrar como es esta festividad. Díaz encuentra, en la sociedad actual, motivos suficientes para seguir la maestría del Padre Palau, el carmelita descalzo beatificado por Juan Pablo II en 1988. Su figura inspira una cátedra que lleva su nombre, cuyos trabajos de la que pueden encontrarse en este blog.

 

 

Vivir desde lo mejor de nosotros mismos

(Una propuesta de Francisco Palau)

Nuestro entorno humano, jalonado por tantas circunstancias sociales que lo han deteriorado, hoy, nos preocupa y agobia. Resulta alarmante por tantas situaciones de riesgo en que coloca a personas, familias, colectivos y al pueblo, en general. Numerosos individuos y hasta familias enteras han perdido su empleo. Con él poder adquisitivo. De donde se deriva pérdida de reconocimiento social, dificultad en las relaciones. Disminución de la autoestima y hasta de la dignidad humana. Entre el pueblo decadente -¡qué paradoja!- se encuentran los jóvenes. Tampoco ellos pueden acceder al mercado de trabajo. Motivo por el que, los más capaces, han de emigrar en su búsqueda. Hasta la investigación, con lo que conlleva de bienestar y futuro para la humanidad, está sufriendo la dentellada de los recortes presupuestarios, de la crisis. Así, irremediablemente, configuraremos nuestra sociedad personas menos dotadas, mediocres. En consecuencia, podemos afirmar que nuestro contexto se ha vuelto problemático, opresor, hostil.

Si es  cierto que, con anterioridad, hemos vivido por encima de nuestras posibilidades reales, hoy urge encontrar medios de sostenimiento y crecimiento personal y colectivo. En ello nos debemos implicar. Lo peor, de esta crítica situación es la dependencia que sobre nosotros ejerce. A su presión vivimos sometidos. Y si ésta es relevante, puede devenir coyuntura límite. No obstante, a los humanos no sólo nos configura lo biológico o social sino una significativa dimensión espiritual. Dimensión que, con frecuencia, minusvaloramos e incluso olvidamos.

Sin embargo, desde ella, se nos invita a bucear en niveles más auténticos de nuestro propio ser. En la proporción que realizamos tal recorrido vamos prescindiendo de no pocas “necesidades”, aprendemos a vivir con más sobriedad y, como derivación, crecemos en libertad. Por si, lo dicho, fuera poco, desde ahí, disponemos de un excedente para ayudar a quienes, con más fuerza, padecen la dentellada de la crisis. Es la mejor manera de solidarizamos con ellos. De procurar que se cubran sus necesidades básicas. Así, tanto la dignidad humana como el bienestar social cotizaran al alza.

Es la propuesta que nos dirige Francisco Palau con motivo de su fiesta. Él pasó por situaciones más precarias que las nuestras. Mucho más. Su época lo fue de hondas y manifiestas carencias. Cierto, estaba avezado a vivir con poco. Razón por la que valoraba más lo que tenía a su alcance. No obstante, pronto emprendió el desafío de buscar dimensiones esenciales. Así se le redujeron las “necesidades materiales”, el aguijón del tener. Emprendió el gran viaje de la existencia: hacia sus mejores fondos. Desde donde divisó un excelente panorama. Descubrió e incorporó conscientemente, la vida que se nos esconde a nosotros. A quienes merodeamos por las sendas de la  mediocridad.

Aunque se oculta en las numerosas menudencias diarias, la vida de calidad requiere categoría humana para detectarla. Y es en esos bajos fondos donde se genera. Desde ellos, Palau la recogía y la asimilaba en el monótono, insignificante y repetitivo aunque imprescindible día a día. De esa forma se forjó su destacada personalidad, en incontenible proceso de despliegue. Ambos, factores -dirección hacia la interioridad, búsqueda de la vida que le rodea, desde las mejores connotaciones- van configurando esa personalidad, que encuentra sentido a todo lo que ocurre. Punto de apoyo en la sociedad, referente y ayuda impagable para  quienes optan/mos por transitar  caminos acertados. Tanto ayer como hoy.

Estimulado por la irrupción de Dios en su existencia, Palau intensificó, de modo continuo, el mencionado recorrido. Permaneció atento a lo que este Dios nuestro o su conciencia le facilitaban o solicitaban. Siempre para bien de la Iglesia y de la humanidad. Doble objetivo que le orienta de por vida.

Fue, Palau, un singular profeta. Exploró dimensiones propias, desde las que veía y sintonizaba, más y mejor, con los rescoldos de vida, escondidos en las cenizas de lo personal, del contexto, de la historia. Con las bellezas naturales y con el esplendor del cosmos, también.

Su atinada clarividencia quedó patente en el oportuno análisis de la situación histórica, en el acertado diagnóstico y como consecuencia en el adecuado tratamiento. En la intuición sobre el futuro, también. Como supo vivir con intensidad, pudo compartir con generosidad, orientar con acierto y gozar, de forma honda y duradera, con todo lo que, a su paso, encontraba. Desde ahí, su espíritu se desplegaba y fortalecía. 

Esta es su propuesta. Y desde el propio recorrido nos orienta y acompaña. En la medida que habitemos en lo mejor de nosotros mismos, irá disminuyendo el materialismo y la competitividad que nos tiranizan. Tendremos lo necesario para vivir y podremos acrecer nuestro compartir con quienes verdaderamente lo necesitan. Si todos disponemos de lo básico, cada cual seremos más dichosos. De este modo la crisis, jalonada por tantos signos negativos podría devenir oportunidad, desde la que  iniciar otra forma de vida: más en consonancia con el bienestar de la mayoría y, por supuesto, con nuestra dimensión evangélica.

 

                   Ester Díaz S., carmelita misionera